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CONFERENCIAL "LIDERAZGOS QUE HAN HECHO HISTORIA. KONRAD ADENAUER, ALCIDE DE GASPERI Y PATRICIO AYLWYN".  Expositor: Josep Durán i Lleida. Ex Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de Las Cortes de España. Encuentro Oswaldo Paya. Enero 2017

 

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Mi amigo Gutenberg Martínez, en su condición de rector de la Universidad Miguel de Cervantes, al invitarme una vez más a participar en el  Encuentro Internacional Oswaldo Paya, me propuso hablar acerca de los liderazgos del alemán Konrad Adenauer, del italiano Alcide de Gasperi y de nuestro querido Patricio Aylwin. Liderazgos, los tres, que han hecho historia. Sin la más mínima objeción, y con muchísima ilusión, acepté el encargo. Era, y sigo siendo consciente, de que el cometido no era fácil. Pero era, y es  para mí, un honor poder referirme a tres de mis principales referentes políticos.

 

Con el Canciller Adenauer, como con el Presidente del Consejo de Ministros italiano De Gasperi, las dificultades emanaban del hecho de que no los hubiera conocido personalmente. He leído mucho sobre ellos. He sido un impenitente seguidor de sus palabras y obras. Pero me siento poco autorizado para enjuiciar, con rigor y justicia,  su dimensión humana y política.

 

Con Aylwin –o  si me permiten, con Don Patricio, o Don Pato, como muchos lo han, o  hemos,  identificado, fruto del prestigio, autoridad y a la vez humanidad que irradiaba - me sucede algo distinto. Le conocí personalmente. Me enriquecí de experiencias vividas en común, principalmente en el seno de la extinguida Internacional Demócrata Cristiana. Le  he vivido políticamente. Le he disfrutado humanamente. He conocido a su familia. Con él y, con su esposa, Doña Leonor pasamos junto con con mi esposa Marta una velada inolvidable en Barcelona. Me cautivó. Su hija Mariana y sus camaradas demócrata-cristianos más cercanos saben de mi pasión y afecto por él. Sin embargo, conociéndole mucho más que a Adenauer o a de Gasperi, me atrevo a hablar menos de él. Por muchas razones, pero por una muy particular: muchos de Ustedes le han conocido mejor que yo, por lo que considero un atrevimiento que sea yo quien  hable de su liderazgo.


A pesar de todo , y abusando de su condescendencia, voy a intentar desgranar denominadores comunes de ellos  liderazgos y notas personales de cada uno de los tres. Permítanme, por tanto, al tirar del hilo rojo que armoniza sus personalidades, empezar por un rasgo  que podrá parecerles trivial. Pero no lo es. Y menos todavía en  los tiempos que corren. Al menos en España, donde parece que ser joven no sea virtud, sino condición para el liderazgo político. Todos ellos, Adenauer, de Gasperi y Aylwin asumieron sus más altas responsabilidades en la madurez de su vida. Lo hicieron tras una larga experiencia política. Y, por supuesto, esta experiencia enriqueció y agrandó su legado como gobernantes.


Si seguimos con los denominadores comunes, parece lógico que me refiera a su condición de demócrata-cristianos. El  repaso del pensamiento y obra de los tres nos servirá de fuente de abundantes reflexiones de doctrina y acción política. Konrad Adenauer perteneció al partido católico del  Zentrum y fue uno de los fundadores de la CDU tras la Segunda Guerra Mundial, como alianza de los líderes de orientación cristiana. Alcide de Gasperi, militó en el Partido Popular Italiano, que creo junto a Luigi Sturzo, para fundar después también,  en los epílogos de la Segunda Gran Guerra, la Democracia Cristiana italiana. Patricio Aylwin, justo el mismo año que en Europa se creaba la CDU y, poco más tarde, que se fundara  la DCI, ingresó oficialmente en Falange Nacional y participó luego en la fundación del actual Partido Demócrata Cristiano chileno, concretamente en Julio del 1957. Curiosamente, por tanto, los tres líderes intervienen en la creación de modernos partidos DC a partir de organizaciones políticas de marcada inspiración cristiana, pero que  todavía no eran exponentes de lo que luego serían los partidos claramente homologados como demócrata cristianos.


Y tanto Adenauer, como De Gasperi,  como nuestro Aylwin tuvieron  “la suerte y el honor de encabezar el proceso histórico de restablecimiento de la democracia” en sus respectivos países, apropiándome de las palabras pronunciadas por el  ex-Presidente de la república chilena, el 10 de enero de 1994, al recibir la Medalla Internacional de la Democracia, otorgada por el  CENTER FOR DEMOCRACY. Efectivamente, Adenauer es el Primer canciller alemán, tras la tragedia de la guerra y la barbarie del social-nacionalismo de Hitler, al que siempre se enfrentó. De Gasperi es el Primer Presidente del Consejo de Ministros italiano, tras la liberación de Italia por los aliados con la caída del fascismo de Mussolini, a quien siempre combatió. Y Aylwin, es el primer Presidente de la República de Chile después del Gobierno de Unidad Popular, del que si bien nadie puede ignorar su legitimidad democrática, tampoco  pueden desconocerse algunas de sus  prácticas  alejadas de los usos democráticos. Pero Aylwin es, sobretodo, el primer Presidente democrático tras la nefasta dictadura del General Pinochet, autora y protectora de las más flagrantes violaciones de los derechos humanos que él combatió y denunció. A los tres les une, por tanto,  ser los primeros Presidentes democráticos tras periodos dictatoriales. Líderes, en suma, tras un periodo anormal de la historia moderna de sus países.


Los tres liderazgos analizados desempeñaron un rol decisivo en la transformación de sus Estados hacia  democracias sólidamente fundamentadas. Eso fue y, de  hecho, sigue siendo, una bendición para Alemania, Italia y Chile. Todos, claro está, presentan también aspectos controvertidos. En sus caracteres o en sus acciones. Faltaría más! Son seres humanos. Pero, en cada caso,  sus fracasos están sobradamente compensados por sus éxitos. Los tres, también, no solo como políticos sino como hombres de gran integridad personal, disfrutaron tanto del respeto de sus adversarios como de sus amigos y aliados.


Si sus liderazgos han hecho historia, como reza el título de la ponencia, es, entre otras muchas razones, por la condición de estadistas que une a los protagonistas de este análisis. Personas, los tres, con un excepcional temperamento moral. Todos ellos, con una noble idea de la política  ligada al riesgo, a la responsabilidad, a la posibilidad de cometer errores, a la elección sin demagogia del camino a seguir. Los tres sabían y afirmaban que había que guardarse de los demagogos. Éstos tienen éxito  inmediato al remover los sentimientos de cansancio social, de necesidad de progreso legítimo, pero la conclusión de su actitud es extremadamente negativa y aunque alguno de ellos se escape de los resultados nefastos de su acción, los efectos perversos de ésta permanecen. Nuestros líderes de referencia fueron actores  de una profunda transformación de la figura del político y de su función social. Hoy, como es sabido,  una profunda crisis corrompe la política, los políticos  y  las instituciones que estos  configuran. Son diversas las causas que la originan, pero, sin duda, una de ellas es la falta de pasión que ilumino el alma de los liderazgos ahora analizados. Cada uno de nosotros somos hijos de nuestro tiempo. Adenauer, De Gasperi i Aylwin son hijos de unos tiempos marcados por la estabilidad, la seriedad, y la  confianza en el futuro que ellos mismos proyectaban.

 

Tanto Adenauer, como De Gasperi o Aylwin cuando se dedicaron a la política lo hicieron de manera integral. Eran animales políticos surgidos de la nada y en ninguno de los casos su situación económica y social parecía determinar su futuro liderazgo político. Todos procedían de familias humildes, hijos de  funcionarios modestos. Aylwin lo fue de un Juez. De Gasperi pasó hambre y hacía cola en los comedores sociales para alimentarse. Obligados a luchar con uñas y dientes para sobrevivir, sin concesiones ni flaqueos. Les ennoblecía una fe ardiente en los ideales políticos de los que carecen muchos de los actuales dirigentes,  para los cuales el poder es un fin en sí mismo.


Fueron personajes incómodos para sus adversarios. Pero la libertad era la forma política preferida por los tres. Pensar distinto que los adversarios no significaba para ellos ser enemigos. Partidarios los tres, como buenos demócrata cristianos, de la amistad cívica pregonada por Maritain para la buena praxis política. “Aprender a respetarnos en nuestras diferencias ideológicas” fue un lema de Patricio Aylwin compartido en sus obras por Adenauer y De Gasperi. Sin flaquear, Adenauer, en sus posiciones frente  al  socialismo democrático del SPD en Alemania; De Gasperi contra el socialismo y comunismo en Italia – la confrontación con Togliatti daría pie a una conferencia específica sobre el tema- ; y Aylwin contra la Unidad Popular, amen de las  firmes actitudes de los tres frente a la derecha y por supuesto frente a los totalitarismos, siempre  supieron hacer del diálogo la divisa de su política.


En repetidas ocasiones, haciendo referencia a esa particularidad demócrata cristiana que es el respeto a  nuestros adversarios ideológicos, he explicado que para nosotros -como lo fue para Adenauer, De Gasperi i Aylwin- la verdad es, en palabras del poeta catalán Salvador Espriu, como un espejo fragmentado. Cada uno de nosotros tiene uno de sus  trocitos y el bien común nos exige recomponerlo mediante el diálogo. Solo así puede entenderse que Adenauer o De Gasperi sigan siendo referencia en una Europa que, si bien hoy se encuentra en plena confusión e incertidumbre, nadie puede negar que ha avanzado y mucho en el camino que ellos trazaron. O solo así, puede comprenderse el tributo popular rendido a Aylwin cuando  nos dejó en Abril del pasado año. Un Aylwin que siempre prefirió la negociación a la confrontación como estrategia. Como así lo practicaron también Adenauer y De Gasperi.


Adenauer, De Gasperi y Aylwin creyeron en la conciencia moral y cívica de sus pueblos, alemán, italiano y chileno. No fue tarea fácil. Como recuerda María Romana De Gasperi, en uno de los libros dedicados a su padre, el  mal del fascismo no fue la persecución de los adversarios políticos, sino la destrucción de la simiente de la libertad democrática, de tal manera que la generación que era joven durante los años del fascismo creció, sin darse cuenta, con mentalidad fascista.

 

Los tres se ganaron, a su vez, la adhesión de sus pueblos. La seriedad de su trabajo cotidiano dedicado a sus conciudadanos como servicio. El saber vivir en un pequeño espacio sin perder una perspectiva más extensa... Todo ello hizo que la política, que parecía la razón de sus vidas, no fuera otra cosa que la directa consecuencia del modo de sentir la presencia continua de los otros, de compartir sus vidas con los demás. La política fue para ellos su modo de dar. En la pared de la iglesia de Borgo-Valsugana – población trentina, hoy italiana y en otros tiempos austríaca- hay una inscripción en mármol que dice  “En perenne recuerdo a Alcedi De Gasperi: democracia y fe para él no solamente fueron palabras”. Idéntico lema está en los corazones de muchos alemanes y chilenos respecto a Adenauer o a Aylwin.


En una obra dedicada a Konrad Adenauer donde se recogen los rasgos de su personalidad, Horst Osterheld, que fue tanto Consejero suyo como después de los Cancilleres Erhard y Kiesinger, habla de la claridad y la lógica junto a una sutileza formidable y una dureza templada y flexibilizada  por las adversidades en relación al líder alemán. Los sufrimientos, a juicio del citado Osterheld, habían redondeado su carácter  dotándole asimismo de una elegancia de modales altamente persuasivos. Y su autodisciplina, añadía quien había sido su Consejero, le permitió desplegar cada día una paciencia y perseverancia realmente notables. Pues bien,  leído y releído todo lo que he podido sobre De Gasperi y conocido como he conocido a Aylwin, no tengo la menor duda que la claridad, la lógica, la sutileza, la dureza templada y flexibilizada por sus vidas, la elegancia..forjaron también su liderazgo.


Recurro a otra de mis lecturas, en este caso una carta de De Gasperi a Scalfaro pocos días antes de su muerte, para destacar otro concepto que potencia por igual el liderazgo de los tres dirigentes. Escribía De Gasperi,  “ Si mis fuerzas regresan querrá decir que el Señor me querrá encomendar todavía más esta tarea, si no, lo haréis vosotros, los jóvenes. Lo que queremos sobre todo trasmitir es el sentido del servicio al prójimo, como nos lo ha indicado el Señor, traducido y actuado en las formas más extensas de la solidaridad humana, sin jactarnos de la inspiración profunda que nos mueve y de manera que la elocuencia de los hechos traicione  la fuente de nuestro humanitarismo y de nuestra sociedad”.


De la carta de De Gasperi a aquel joven que después llegaría a ser Presidente de la República Italiana, Oscar Luigi Scalfaro, se desprenden diversos rasgos comunes en los liderazgos históricos de los tres dirigentes demócrata cristianos objeto de esta ponencia. El primero es su condición de hombres de fe. Don Patricio, con motivo de la canonización de Sor Teresa de los Andes, hablaba de la aspiración al bien aunque las inclinaciones de nuestra condición humana nos suelen inclinar al mal  y decía que “para los cristianos, ese anhelo del bien, expresado fundamentalmente en el amor de Dios y en el amor al prójimo, constituye un mandato de nuestra fe”. Católicos consecuentes, pero no beatos.  En alguna de las lecturas sobre el Presidente Aylwin, se comenta una conversación con su esposa Doña Leonor, donde ella,  reflexionando sobre el más allá, decía que “ en el otro mundo uno se reencuentra con su papá, su mamá o sus hermanos..” ante  lo que él contestaba..” yo no estaría tan seguro”.


Metido en el anecdotario, sin duda el más beato,  si me siguen permitiendo el uso de esta expresión, era Alcide De Gasperi, no en vano la Iglesia Católica tiene abierto un proceso de beatificación. Giulio Andreotti, en uno de sus libros sobre su maestro De Gasperi, decía que,  en su vida personal era ciertamente de gran severidad. Se divertía poquísimo- añade Andreotti- solo en alguna ocasión venía a ver una película en una “saletta” de Via Veneto. El tiempo libre que tenía, que era poco, lo dedicaba exclusivamente a leer, leía muchísimo. En ese mismo libro Andreotti explica que De Gasperi lo pasó muy mal en una ocasión que se vio obligado a participar en un acto social  mundano.  Se casaban Tyrone Power y Linda Christian ante una gran convocatoria de medios. Por razones de la relación con EEUU y dado que el Embajador norteamericano movilizó a todos los poderes italianos,  tuvo que participar en la recepción y en una gala de honor en el cine Barberini. De Gasperi estuvo aturdido y en ningún momento supo encontrar su lugar.


Por cierto y acabo, al menos por ahora, con lo anecdótico. Andreotti entró en política de la mano de De Gasperi. Cuando éste trabajaba en la Biblioteca del Vaticano conoció a un joven que buscaba el libro “Storia de la Marina Pontificia” porque quería hacer su tesis doctoral sobre el Derecho de la Navegación. Andreotti explica que en eso estaba cuando “un brusco” funcionario que no sabía quien era le dijo “...pero no hay nada mejor que estudiar”. He querido remarcar la observación sobre la brusquedad de De Gasperi en boca de Andreotti porque si bien era Adenauer quien tenía la fama de tratar con rudeza a sus colaboradores, parece como diría el refrán castellano que en  “todas partes cuecen habas”


Dejadas las anécdotas,  y reconduciendo la exposición hacia los rasgos comunes de los tres grandes líderes, que se desprendían de la carta de De Gasperi a Scalfaro, remarcaba la condición de hombres de fe, de su creencia en la trascendencia de las personas. En base a esas convicciones religiosas, los tres adoptan la política como un servicio a la comunidad. Es la forma de plasmar su compromiso comunitario. Haciéndolo sin esperar nada a cambio. Quien cumple con su deber no ha de llevarlo como un título de crédito. Esta fue la máxima que dominó la vida política de los tres.


El humanitarismo, al que De Gasperi se refiere en la citada carta, es también otro vector que configura  la potencialidad del liderazgo de Adenauer, Aylwin y el suyo propio. La sencillez, la pasión, la sinceridad, el idealismo que inspiraban sus acciones políticas. Por algunos politólogos han sido vistos como una rareza. Fueron, los tres, líderes con una gran capacidad de atracción. Eran políticos que creían lo que decían y por eso les creían los que les escuchaban. Su vida como estadistas parece un esforzado aprendizaje cuya finalidad consiste en preparar la obra de arte que debe llevarse a cabo y de la que se debe beneficiar la mayoría más amplia posible de conciudadanos. Con  la tranquilidad de conciencia de  que al retirarse de la escena política,  una gran mayoría sabrá valorar que a  esa obra maestra dedicaron lo mejor que pudieron  y supieron.

 

El sentido de responsabilidad moral prevaleció en los tres por encima de los cálculos y expectativas de provecho personal o partidario. Los tres se esforzaron además en demostrar,  a lo largo de su vida política, que las posiciones extremas de una parte y de otra nunca son constructivas. Pero la posición central que dominó en sus liderazgos nunca fue una posición de renuncia o meramente burocrática o administrativa. Fue siempre una acción de carácter propulsivo. Un delicado juego de construcción, de programa, de ajuste a la realidad, pero a su vez de transformación permanente de la misma. Un equilibrio permanente entre lo ideal y lo posible. Adenauer, De Gasperi y Aylwin fueron “posibilistas revolucionarios”

 

Como humanistas Adenauer y De Gasperi,  junto con otro demócrata cristiano Schuman, pusieron las primeras piedras institucionales al edificio de lo que después ha sido La Unión Europea. El francés lanzó el proyecto de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) y Konrad Adenauer cogió la pelota al vuelo. El líder alemán hizo todo lo que pudo y más para llegar a establecer Tratados bilaterales con Francia y con el resto de países que constituyeron el embrión de una Europa unida. No  podía ser de otra manera dado el europeísmo genético del Canciller alemán. Una persona que conoció bien a Adenauer,  por su participación en la gestación de los acuerdos constitutivos de las instituciones europeas, el  embajador de Francia en Bonn, François Seydoux escribió en un libro sobre el Canciller que “ Si alguien hubiera visto a Adenauer,  sin conocerle, se habría preguntado quien era ese jefe de tribu mongólica que tenía delante de sí. Sus rasgos extraordinariamente asiáticos fueron la única disonancia que él se permitió respecto a Europa.


El humanismo, el respeto a la vida, a la dignidad de todos los seres humanos llevaron a estos estadistas a hacer lo que fuese necesario para evitar que la historia se repitiera segando vidas y violando los derechos humanos como llevaba tiempo  sucediendo en el viejo continente. Explica Hans Peter Schwarz, Profesor emérito de la Universidad de Bonn, en una extensa  biografía de dos volúmenes sobre   Adenauer, que a comienzos del 1945, cuando se produce la llegada de tropas norteamericanas a Alemania, la familia del Canciller fue testigo en Rhöndorf de luchas cuerpo a cuerpo al tiempo que permanecieron refugiaos  en el sótano de la casa. Canastas ropa que se colgaban del techo servían de cuna para los nietos. El resto de la familia permaneció ocho días y ocho noches sentada en sillas. Y durante todo este tiempo estuvieron con Adenauer  tres soldados franceses que la familia  había ocultado.


Aquel Adenauer que había sido declarado enemigo del pueblo y criminal, tras la victoria de los nazis en marzo del año 1933. Aquel,  que de joven había sido alcalde de Colonia y depuesto por el nazismo vio después morir personas de uno y otro bando confrontados en la gran guerra. Se ha dicho en muchas ocasiones que el proyecto europeo es un proyecto económico. Y lamentablemente a menudo la realidad avala esta  consideración. Pero para Adenauer y De Gasperi, como para Schuman, la economía no fue la primera razón para construir una Europa unida. Como líderes de pensamiento demócrata cristiano, la paz, como garantía de la vida humana, fue el auténtico revulsivo  de una Europa edificada sobre el cristianismo y sus valores, sobre la familia, el trabajo y la justicia social. Los mismos valores que eran los únicos concebibles para la sociedad chilena que años más tarde Aylwin reconstruiría desde la Presidencia de la República.


La defensa de la familia fue para estos tres líderes históricos otro de los puntales de su acción política. Patricio Aylwin, abre su libro,  “Crecimiento con Equidad”, reproduciendo su discurso  pronunciado en Santiago el 9 de Julio de 1992, con motivo de la creación de la Comisión Nacional de la Familia. El Presidente chileno lo  considera un tema de gran trascendencia para la vida del país y de toda su gente. De la misma manera que  lo consideró Adenauer y De Gasperi. Y, como de igual forma, debiéramos haberlo considerado siempre los demócrata cristianos, aunque desgraciadamente no haya sido siempre así.


Aylwin nos recuerda que “la familia es el lugar primero de la convivencia humana”. Evoca su condición de escuela de aprendizaje de valores. De solidaridad, de respeto, de convivencia...“Vivir es convivir” resalta el líder chileno. “Allí es donde, desde que nace, añadía Don Patricio, la criatura humana se encuentra con otros y tiene que acostumbrarse a tolerar a esos otros, aceptarlos, tratar de entenderse con ellos, buscar colaboración, ayudarse mutuamente”. Esa tolerancia a la que se refiere San Pablo, en una de sus cartas, encomendando a los cristianos a ser tolerantes respecto al otro. Carta que dio pie a De Gasperi a afirmar que si eso había que recordarlo a los cristianos, era todavía más necesario recordárselo a los demócrata cristianos. Pero  la familia para Aylwin,  como para Adenauer o De Gasperi es , además, y cito palabras textuales, “ el  lugar por excelencia del amor, de la entrega generosa, de darse al otro, de la delicadeza, la ternura, la abnegación”. “ El lugar, también, donde no se está ante los ojos del mundo, sino en la reserva de la privacidad y, por consiguiente, el lugar de la sencillez, donde no se necesita artificio, donde no hay que estar aparentando; donde por el conocimiento mutuo, cada uno sabe que el otro lo conoce, y, en consecuencia, es el lugar de la autenticidad. Donde se es más auténtico, es en el seno de la familia”.


Pero si hay otro rasgo denominador común de nuestros tres líderes es que su acción política estaba motivada por el sentido de la justicia social. En definitiva, el fermento religioso-social desvelado por la lectura de las Encíclicas papales. La Doctrina Social de la Iglesia despierta en ellos la necesidad de situar a la persona como centro de la economía. Es esta la que debe de estar al servicio del hombre y no al revés. Somos de la opinión, decía Konrad Adenauer, en una conferencia en el Aula Magna de la Universidad de Colonia el 24 de marzo de 1946 de que “ la economía tiene que ser útil para las personas, y no al revés. Nuestro punto de vista fundamental nos prohíbe entender la economía como una búsqueda desenfrenada de los beneficios de cada uno. Ésta debe subordinarse al interés público”.


 Me parece reveladora, también, la afirmación de Aylwin en su libro “El reencuentro de los Demócratas- Del golpe al triunfo del No-“ de que “La experiencia enseña que para que la democracia sea estable, en cualquier parte y especialmente en nuestro continente, es preciso derrotar la pobreza”. Y no fueron solo palabras. La creación del Fondo de Solidaridad e Inversión Social con la financiación de proyectos productivos de sectores pobres y micro productores ayudaron, entre otras políticas, a reducir la pobreza en Chile. Esa sensibilidad, que en la lucha contra la pobreza manifestaba De Gasperi cuando expresaba  la necesidad de competir con el socialismo mediante reformas sociales y evocaba su experiencia como militante popular en las montañas del Trentino para mostrarse cercano a las exigencias de los humildes, sin familiarización alguna con la gran industria y de las altas finanzas.


Una defensa de la Justicia Social que Adenauer practicó con la Economía Social de Mercado, desarrollada por su ministro Ludwing Erhard, y que todavía hoy, sesenta años más tarde, sigue siendo la referencia para cualquier política que alejándose tanto de la dictadura del Estado como de la dictadura del mercado, pretenda corregir las graves desigualdades mediante un progreso equitativo y sostenible. Un crecimiento con equidad que Aylwin definía como imperativo de pragmatismo y de la más imprescindible prudencia política.


No podría acabar mi intervención sin referirme, al menos, a otro de los  fundamentos de la condición de estadista de Adenauer, De Gasperi y Aylwin. Su respeto por el Principio de Subsidiariedad. Derivado de la Doctrina Social de la Iglesia,  les permitió aplicarlo en uno y otro sentido. Es decir, aproximando las decisiones a los ciudadanos mediante procesos de regionalización, buscando el perfeccionamiento del sistema democrático y la mayor eficacia de la acción política. Pero impulsando también,  procesos de integración regional que garantizasen esa eficacia en niveles supraestatales, sabiendo que ese marco superior era el más idóneo para materializar determinadas políticas en beneficio de los ciudadanos.

El Federalismo alemán en su praxis habitual es un buen ejemplo de aplicación del Principio de Subsidiariedad. Y ni es cierta, ni menos justa, la tesis que describe que la forma federal de organizar Alemania  fue fruto de una imposición de los aliados ganadores de la Segunda Guerra Mundial para debilitarla. No puede ignorarse la personalidad de Konrad Adenauer y sus orígenes renanos en la distribución del poder en la República Federal Alemana. A Adenauer se le llegó incluso a acusar de separatista renano, por representar una cierta tendencia filo-francesa de Renania frente a Prusia tras la Primera Guerra. De hecho, también  De Gasperi,  por su condición de trentino, donde vivió bajo denominación austríaca,  tuvo que defender en más de una ocasión su amor a Italia por encima de su pertenencia y apego al Trento.


Es más, es precisamente por esos sentimientos, que desearon íntimamente e irresistiblemente superar viejos antagonismo nacionales y construir una Europa que, en nombre de la civilización, anulara las fronteras. Ambos deseaban a Europa con el corazón, antes que con la razón. Sabían que o bien se hacía entonces la Unión Europea o no se haría nunca y vendrían días tristes para todas las naciones que la integraban. En 1949 De Gasperi la definió como “una necesidad que está madurando en la mente y en la conciencia de los pueblos”. Konrad Adenauer, acababa su Discurso  en la primera sesión de la “Fundación  Europea de la Cultura” en Ámsterdam, el 23 de noviembre de 1957, con una clara exhortación europeísta: “La certeza de un futuro feliz- decía-sólo será posible si no dejamos de esforzarnos en mantener el objetivo de asegurar ya en nuestro tiempo la independencia de los pueblos europeos en una Europa unida y libre”.


En Chile, Patricio Aylwin dejó también impronta de la filosofía que promueve la subsidiariedad. En noviembre de 1992, en Concepción, con motivo de la promulgación de la Ley de Gobierno y Administración Regional dejaba claro que el nuevo texto legal tendía a llenar el vacío que, en el ámbito regional existía  al no haber  mecanismos de generación democrática ni delegación de atribuciones suficientes para que las regiones pudieran participar en las decisiones frente a los problemas que les atañen, en el impulso de su crecimiento y desarrollo. La Ley constituyó, pues, un avance importante en el proceso de profundización de la democracia en Chile. Pero ese traslado de poder decisorio a las regiones no impidió que, a su vez, promoviera procesos de regionalización trasladando capacidad decisoria del Estado hacía órganos supra estatales en la región. Mercosur fue un claro ejemplo de ello.


Y acabo, amigas y amigos, hablando de un último denominador común de los liderazgos que han hecho historia. En este caso concreto,  de los de Aylwin, De Gasperi y Adenauer. Nada de lo dicho a lo largo de mi exposición sería suficiente para entender la grandeza histórica de nuestros tres queridos líderes. Necesario, sí. Pero no suficiente. Falta algo más. Falta hablar de la vinculación entra Ética y Política. Para ello voy a recurrir a partes del contenido del discurso pronunciado por Patricio Aylwin en la Universidad de Georgetown, el 14 de Mayo de 1992, con motivo de la recepción del grado que la prestigiosa Universidad de Washington le concedió.


Sus palabras serían suscritas de la A a la Z por sus homólogos Adenauer y De Gasperi. Recuerda Aylwin un encuentro con el Papa Pablo VI y como  le instó a tener “coraggio, paciencia y audacia”. Condiciones aparentemente contradictorias, pero totalmente complementarias. Habló el Presidente chileno de Max Weber,  de la ética de la convicción y de la ética de la responsabilidad. Pero lo que más me interesó  fueron las palabras emanadas de sus propias convicciones y experiencias. “ La historia nos muestra, exponía Aylwin, que aunque luchar por una causa justa o ceñirse a parámetros éticos no siempre tiene ventajas prácticas, también es cierto- com afirmó Maritain - que las victorias que no están fundadas en el bien, por su propia naturaleza son efímeras. Ello constituye fundado motivo de esperanza para todos los verdaderos contradictores de la paz”.


“ La generación a la que yo pertenezco- sigue siendo Patricio Aylwin quien les habla- tuvo la oportunidad de probar, con espanto, los efectos de triunfos políticos que cosecharon liderazgos crueles e inmorales, como los de un Hitler o un Stalin. En nuestras naciones latinoamericanas hemos vivido también las consecuencias de doctrinas que no tuvieron en consideración  la dignidad humana, y que en aras la justicia o a la seguridad atropellaron valores fundamentales y terminaron por destruir nuestra convivencia. En este tiempo-añadía él, aunque bien podríamos añadirlo cualquiera de nosotros en presente- cuando las ideas de libertad, justicia y solidaridad resuenan con fuerza en todo el globo, el maquiavelismo teórico y práctico continúa reteniendo demasiados discípulos. Muchos políticos de nuestro tiempo – del suyo y del nuestro desgraciadamente- parecen creer que para tener éxito se requiere ser flexible frente a las exigencias de la ética. En nombre de un pretendido realismo en política, y en aras de una supuesta mayor eficacia y eficiencia, se justifican actos cuya moralidad es muy objetable.”


Es el estilo y la entereza moral de personas como Adenauer, De Gasperi y Aylwin, el que más que nunca precisan nuestras sociedades. Un somero repaso de lo que va sucediendo en nuestros sistemas democráticos activa todas las alertas rojas de cara a futuros muy inciertos. En el continente europeo y en el americano. En el norte y en el sur. Nos sobran políticos que se ocupen sobretodo de las próximas elecciones y precisamos de estadistas que se dediquen más a las próximas generaciones. En definitiva necesitamos, hoy más que nunca, a líderes que como Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Patricio Aylwin hagan historia.


Mientras tanto,  solo me resta agradecer a los organizadores la invitación  para participar en este Encuentro Internacional que lleva el nombre de mi gran amigo Oswaldo Paya. Y a todos Ustedes, amigas y amigos, darles las gracias por  la amable atención que me han dispensado.


Santiago de Chile, 14 de enero de 2017.

 

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