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noticias

Carlo Maria Martini*

OBISP

A los 85 años, muere el Arzobispo emérito de Milán y gran humanista.

CARLO MARÍA MARTÍNI

 



CARLO MARÍA MARTÍNI

Carlo Maria Martini S.J. (Nació en Orbassano, Turín, 15 de febrero de 1927 y murió en Gallarate, Lombardía, 31 de agosto de 2012) fue un jesuita, cardenal de la Iglesia católica y arzobispo emérito de Milán.

Ingresó en la Compañía de Jesús a los 17 años de edad.[] Fue ordenado sacerdote en 1952 y comenzó una carrera fulgurante, tanto en el ámbito académico como en el eclesiástico.

Martini era experto en la crítica textual del Nuevo Testamento y había estudiado los papiros y códices que contienen eltexto griego de los Evangelios. Martini obtuvo varios doctorados y dominaba seis idiomas modernos, además del latín, del griego y del hebreo clásico.

Tuvo una importante actividad académica e investigadora, publicó numerosos libros y artículos (basta recordar que él fue el único miembro católico del comité ecuménico que preparó la edición griega del Nuevo Testamento).
Sus libros sobre losejercicios espirituales son muy apreciados por la originalidad del enfoque, que combina la lealtad tradicional al modelo
ignaciano con una nueva luz sobre las Escrituras. En total escribió más de 50 libros, muchos de ellos best-sellers, como el que escribió con el semiólogo Umberto Eco.

En 1978 Pablo VI lo invitó a predicar el retiro anual en el Vaticano, donde uno de sus predecesores en este importante ministerio fue el cardenal Karol Wojtyla. En 1979 el Papa Juan Pablo II lo designó arzobispo de Milán y lo consagró personalmente en 1980. En esa diócesis permaneció más de veinte años. En noviembre de 2000 se le nombró Académico de Honor de la Academia Pontificia de las Ciencias.

En sus últimos años de vida era el único cardenal que vivía en Jerusalén, ciudad a la que definía como “la ciudad más cargada de memoria religiosa de todo el mundo, la ciudad donde murió Jesús para la salvación del mundo y donde se venera su sepulcro vacío y se hace memoria de su resurrección”. Y en junio de 2008 declaró en una entrevista que conocía a varias parejas homosexuales, "algunos de ellos hombres muy sociales" y añadió: "jamás se me ocurriría
condenarlos".

En abril de 2006, en respuesta a una pregunta muy concreta del experto en bioética Ignazio Marino, director del centro de trasplantes del Hospital Universitario Thomas Jefferson en Filadelfia, Martini opinó que en algunos casos, el uso de preservativos podría ser admisible declarando, "El uso de los preservativos pueden, en determinadas situaciones, ser un mal menor ". Hizo hincapié en el caso particular de las parejas casadas donde uno tiene el VIH o el SIDA.

Pero rápidamente señaló que una cosa es el principio del mal menor en tales casos, y otra muy distinta promover estas cosas en público, por lo que no corresponde a las autoridades de la Iglesia apoyar el uso público, pues se corre el riesgo de promover una actitud irresponsable. La Iglesia apoya otros medios moralmente sostenibles, como la abstinencia. En otra ocasión, el cardenal también dijo que "creo que la enseñanza de la Iglesia no se ha expresado muy bien... Estoy seguro
de que se puede encontrar una mejor fórmula de las cosas, de modo que el problema se entienda mejor y sea más acorde a la realidad".

También pidió una mayor colegialidad en el gobierno de la Iglesia. Instó a continuar con la reflexión sobre la estructura y el
ejercicio de la autoridad eclesiástica. Mostró un deseo de mayor investigación teológica sobre las cuestiones relativas a la
sexualidad humana y el papel de la mujer en la Iglesia. Asimismo expresó su apoyo a la ordenación de mujeres diáconos.

El periódico El PAIS de España, en alusión a su última entrevista con Carlo Maria Martini, el cardenal del diálogo, señaló:
“Sintiendo la muerte cerca, tal vez deseándola —su último mensaje discordante con la Iglesia fue rechazar el tratamiento
terapéutico—, el cardenal Carlo Maria Martini, de 85 años, concedió una última entrevista. El párkinson que lo venía martirizando desde hacía años apenas lo dejaba hablar, pero “el cardenal del diálogo”, como lo llaman los medios italianos, se las arreglaba para hacerse entender con la ayuda de don Damiano, su asistente. El pasado 8 de agosto, el ex-cardenal de Milán —lo fue desde 1979 a 2002— recibió al también jesuita Georg Sporschill y le concedió una charla,
“una suerte de testamento espiritual” que el Corriere della Sera ha publicado.

Martini no se anda con rodeos: “La Iglesia debe reconocer los errores propios y debe seguir un cambio radical, empezando por el Papa y los obispos”.

El cardenal no elude ninguna pregunta. Ve a la Iglesia cansada, sin vocaciones, atrapada por la burocracia, enganchada al bienestar: “Nuestros rituales y nuestros vestidos son pomposos”. Llega a comparar la situación de la Iglesia con la de aquel joven rico que se marcha triste cuando Jesús lo llama para que se convierta en su discípulo. “Sé que no podemos desprendernos de todo con facilidad, pero al menos podríamos buscar hombres que sean libres y más cercanos al prójimo.

Como lo fueron el obispo Romero y los mártires jesuitas de El Salvador. ¿Dónde están entre nosotros los héroes en los  que inspirarnos…?”.

Unas semanas antes de morir, Martini reconoce que la Iglesia está anticuada. “En la Europa del bienestar y en América, la Iglesia está cansada”. Y le receta tres instrumentos para salir del agotamiento. “El primero es la conversión. Debe reconocer los propios errores. Los escándalos de pederastia nos empujan a emprender un camino de conversión. Las preguntas sobre la sexualidad y sobre todos los asuntos que competen al cuerpo son un ejemplo. Debemos preguntarnos
si la gente escucha todavía los consejos de la Iglesia en materia sexual. ¿La Iglesia es todavía una autoridad de referencia
o solo una caricatura en los medios?”. El segundo y el tercer consejo es recuperar la palabra de Dios y los sacramentos
como una ayuda y no como un castigo. “¿Llevamos los sacramentos a los hombres que necesitan una nueva fuerza?”.

El cardenal querido por los italianos —6.000 por hora desfilaron por la capilla ardiente instalada en la catedral de Milán—
pone en duda el papel de la Iglesia católica frente a los nuevos modelos de familia”.

 

 

 

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