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Mensaje de Benedicto XVI, jornada mundial del emigrante y del refugiado 2013 Migraciones: peregrinación de fe y esperanza

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Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2013 Migraciones:peregrinación de fe y esperanza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial del Emigrante 
y del Refugiado 2013 Migraciones: peregrinación de fe y esperanza
 
Queridos hermanos:
El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et spes, ha recordado que:
“la Iglesia avanza juntamente con toda la humanidad” (n. 40), por lo cual “los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres
y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de
Cristo. 
Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (ibíd., 1). 
Se hicieron eco de  esta declaración el Siervo de Dios Pablo VI, que llamó a la Iglesia 
“experta en humanidad”  (Enc. Populorum progressio, 13), y el Beato Juan Pablo II, quien afirmó 
que la persona humana es “el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de 
su misión…, camino trazado por Cristo mismo” (Enc. Centesimus annus, 53). 
 
En mi Encíclica Caritas in veritate he querido precisar, siguiendo a mis predecesores, que 
“toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende 
a promover el desarrollo integral del hombre”(n. 11), refiriéndome también a los millones de 
hombres y mujeres que, por motivos diversos, viven la experiencia de la migración. 
 
En efecto, los flujos migratorios son “un fenómeno que impresiona por sus grandes dimensiones, 
por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por 
los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional” 
(ibíd., 62), ya que “todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos 
fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (ibíd.).
 
En este contexto, he querido dedicar la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2013 al tema 
“Migraciones: peregrinación de fe y esperanza”, en concomitancia con las celebraciones del 
50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y de los 60 años de la 
promulgación de la Constitución apostólica Exsul familia, al mismo tiempo que toda la Iglesia
está comprometida en vivir el Año de la fe, acogiendo con entusiasmo el desafío de la nueva
evangelización. 

MENSAJE PARA LA JORNADA DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO 2013 – 1 VidaNueva.es/Documentos
 
En efecto, fe y esperanza forman un binomio inseparable en el corazón de muchísimos emigrantes, 
puesto que en ellos anida el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el 
deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir. Al mismo tiempo,
 el viaje de muchos está animado por la profunda confianza de que Dios no abandona a sus criaturas 
y este consuelo hace que sean más soportables las heridas del desarraigo y la separación, tal vez 
con la oculta esperanza de un futuro regreso a la tierra de origen. 
 
Fe y esperanza, por lo tanto, conforman a menudo el equipaje de aquellos que emigran, conscientes 
de que con ellas “podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, 
se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta 
meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Enc. Spe salvi, 1).
 
En el vasto campo de las migraciones, la solicitud maternal de la Iglesia se realiza en diversas 
directrices. Por una parte, la que contempla las migraciones bajo el perfil dominante de la
pobreza y de los sufrimientos, que con frecuencia produce dramas y tragedias. Aquí se concretan las
operaciones de auxilio para resolver las numerosas emergencias, con generosa dedicación de grupos
e individuos, asociaciones de voluntariado y movimientos, organizaciones parroquiales y
diocesanas, en colaboración con todas las personas de buena voluntad. Pero, por otra parte, la
Iglesia no deja de poner de manifiesto los aspectos positivos, las buenas posibilidades y los recursos
que comportan las migraciones. 
Es aquí donde se incluyen las acciones de acogida que favorecen y acompañan una inserción integral de 
los emigrantes, solicitantes de asilo y refugiados en el nuevo contexto socio-cultural, sin olvidar 
la dimensión religiosa, esencial para la vida de cada persona. 
 
La Iglesia, por su misión confiada por el mismo Cristo, está llamada a prestar especial atención y
cuidado a esta dimensión precisamente: esta es su tarea más importante y específica. Por lo que
concierne a los fieles cristianos provenientes de diversas zonas del mundo, el cuidado de la
dimensión religiosa incluye también el diálogo ecuménico y la atención de las nuevas comunidades,
mientras que por lo que se refiere a los fieles católicos se expresa, entre otras cosas, mediante la
creación de nuevas estructuras pastorales y la valorización de los diversos ritos, hasta la plena
participación en la vida de la comunidad eclesial local. 
La promoción humana está unida a la comunión espiritual, que abre el camino “a una auténtica y 
renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (Carta ap. Porta fidei, 6). 
La Iglesia ofrece siempre un don precioso cuando lleva al encuentro con Cristo que abre a una esperanza
 estable y fiable.

MENSAJE PARA LA JORNADA DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO 2013 – 2 VidaNueva.es/Documentos
 
Con respecto a los emigrantes y refugiados, la Iglesia y las diversas realidades que en ella se
inspiran están llamadas a evitar el riesgo del mero asistencialismo, para favorecer la auténtica
integración, en una sociedad donde todos y cada uno sean miembros activos y responsables del
bienestar del otro, asegurando con generosidad aportaciones originales, con pleno derecho de
ciudadanía y de participación en los mismos derechos y deberes.
 
Aquellos que emigran llevan consigo sentimientos de confianza y de esperanza que animan y confortan 
en la búsqueda de mejores oportunidades de vida. Sin embargo, no buscan solamente una mejora de su 
condición económica, social o política. 
 
Es cierto que el viaje migratorio a menudo tiene su origen en el miedo, especialmente cuando las 
persecuciones y la violencia obligan a huir, con el trauma del abandono de los familiares y de los 
bienes que, en cierta medida, aseguraban la supervivencia. Sin embargo, el sufrimiento, la enorme 
pérdida y, a veces, una sensación de alienación frente a un futuro incierto no destruyen el sueño de 
reconstruir, con esperanza y valentía, la vida en un país extranjero. 
 
En verdad,los que emigran alimentan la esperanza de encontrar acogida, de obtener ayuda solidaria y 
de estar en contacto con personas que, comprendiendo las fatigas y la tragedia de su prójimo, y también
reconociendo los valores y los recursos que aportan, estén dispuestos a compartir humanidad y
recursos materiales con quien está necesitado y desfavorecido. Debemos reiterar, en efecto, que “la
solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber” (Enc.
Caritas in veritate, 43). 
 
Emigrantes y refugiados, junto a las dificultades, pueden experimentar también relaciones nuevas y 
acogedoras, que les alienten a contribuir al bienestar de los países de acogida con sus habilidades 
profesionales, su patrimonio socio-cultural y también, a menudo, con su testimonio de fe, que estimula 
a las comunidades de antigua tradición cristiana, anima a encontrar a Cristo e invita a conocer la Iglesia.
 
Es cierto que cada Estado tiene el derecho de regular los flujos migratorios y adoptar medidas políticas
dictadas por las exigencias generales del bien común, pero siempre garantizando el respeto de la dignidad
de toda persona humana. 
 
El derecho de la persona a emigrar –como recuerda la Constitución conciliar Gaudium et spes en el n. 65– 
es uno de los derechos humanos fundamentales, facultando a cada uno a establecerse donde considere más 
oportuno para una mejor realización de sus capacidades y aspiraciones y de sus proyectos. Sin embargo, 
en el actual contexto socio-político, antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el 
derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra, repitiendo 
con el Beato Juan Pablo II que “es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria.
 
Sin embargo, este derecho es efectivo solo si se tienen constantemente bajo control los factores que 
impulsan  a la emigración” (Discurso al IV Congreso mundial de las Migraciones, 1998).

MENSAJE PARA LA   JORNADA DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO 2013 – 3 VidaNueva.es/Documentos
 
En efecto, actualmente vemos que muchas migraciones son el resultado de la precariedad económica, de la 
falta de bienes básicos, de desastres naturales, de guerras y de desórdenes sociales. En lugar de una
 peregrinación animada por la confianza, la fe y la esperanza, emigrar se convierte entonces en 
un “calvario” para la supervivencia, donde hombres y mujeres aparecen más como víctimas que como 
protagonistas y responsables de su migración. 
 
Así, mientras que hay emigrantes que alcanzan una buena posición y viven con dignidad, con una adecuada 
integración en el ámbito de acogida, son muchos los que viven en condiciones de marginalidad y, a veces,
 de explotación y privación de los derechos humanos fundamentales, o que adoptan conductas perjudiciales 
para la sociedad en la que viven.
 
El camino de la integración incluye derechos y deberes, atención y cuidado a los emigrantes para que
tengan una vida digna, pero también atención por parte de los emigrantes hacia los valores que
ofrece la sociedad en la que se insertan.
 
En este sentido, no podemos olvidar la cuestión de la inmigración irregular, un asunto más
acuciante en los casos en que se configura como tráfico y explotación de personas, con mayor
riesgo para mujeres y niños. Estos crímenes han de ser decididamente condenados y castigados,
mientras que una gestión regulada de los flujos migratorios, que no se reduzca al cierre hermético
de las fronteras, al endurecimiento de las sanciones contra los irregulares y a la adopción de
medidas que desalienten nuevos ingresos, podría al menos limitar para muchos emigrantes los
peligros de caer víctimas del mencionado tráfico. 
 
En efecto, son muy necesarias intervenciones orgánicas y multilaterales en favor del desarrollo de los 
países de origen, medidas eficaces para erradicar la trata de personas, programas orgánicos de flujos 
de entrada legal, mayor disposición a considerar los casos individuales que requieran protección 
humanitaria,  además, de asilo político. 
 
A las normativas adecuadas se debe asociar un paciente y constante trabajo de formación de la
mentalidad y de las conciencias. En todo esto, es importante fortalecer y desarrollar las relaciones
de entendimiento y de cooperación entre las realidades eclesiales e institucionales que están al
servicio del desarrollo integral de la persona humana. Desde la óptica cristiana, el compromiso
social y humanitario halla su fuerza en la fidelidad al Evangelio, siendo conscientes de que “el que
sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre”
(Gaudium et spes, 41).

MENSAJE PARA LA JORNADA DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO 2013 – 4  VidaNueva.es/Documentos
 
Queridos hermanos emigrantes, que esta Jornada Mundial os ayude a renovar la confianza y la esperanza 
en el Señor que está siempre junto a nosotros. No perdáis la oportunidad de encontrarlo y reconocer su 
rostro en los gestos de bondad que recibís en vuestra peregrinación migratoria.
 
Alegraos porque el Señor está cerca de vosotros y, con Él, podréis superar obstáculos y dificultades,
aprovechando los testimonios de apertura y acogida que muchos os ofrecen. De hecho, la vida es
como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que
escudriñamos los astros que nos indican la ruta.
 
Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces 
de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas 
de la historia. 
Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de 
Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía· (Enc. Spe salvi, 49).
 
Encomiendo a cada uno de vosotros a la Bienaventurada Virgen María, signo de segura esperanza y de 
consolación, “estrella del camino”, que con su maternal presencia está cerca de nosotros cada momento de 
la vida, y a todos imparto con afecto la Bendición Apostólica.
 
Ciudad del Vaticano, 12 de octubre de 2012
BENEDICTO PP. XVI
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MENSAJE PARA LA JORNADA DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO 2013 – 5
VidaNueva.es/DocumentosMensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial del Emigrante 
y del Refugiado 2013 Migraciones: peregrinación de fe y esperanza                                                                                           Oca-volando-369746
 

 

 

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