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Obras Esenciales de Joseph Ratzinger

BENEDimages

Algunas Obras Esenciales de Joseph Ratzinger * Lucas Fiorini


 

 

 

 

 

 

 

 

 


 



                                                              ALGUNAS OBRAS ESENCIALES DE JOSEPH RATZINGER

                                                            " Lucas Fiorini, Académico, UCA, Mar del Plata, Argentina"


 
 Como varias veces he señalado, no tengo la menor duda que Joseph Ratzinger es uno de los intelectuales vivos más grandes que tiene la humanidad, cuyo genio cristiano está a la altura de las altas cumbres alcanzadas por figuras como San Agustín o Santo Tomás.
También he advertido que, tal como suele suceder a los grandes hombres, su valoración por parte de los contemporáneos aún no ha brillado como debiera.  Muchos hombres –incluidos la mayoría de los católicos- lo conocen obviamente por ser el sumo pontífice romano y por las breves informaciones que de él llegan a través de las noticias -demasiadas veces cargadas de tergiversaciones y reduccionismos simplistas que ignoran la verdadera magnitud del pensador que tienen frente- , y no se han dado la oportunidad de aprovechar sus sabias y profundas enseñanzas. Sin adentrarme en porqué sucede esto  –por ignorancia en algunos, por estar cegados ante la mala fe con que se ha buscado estigmatizarlo en otros- , sí quisiera realizar un humilde aporte en la difusión de sus enseñanzas: las luces se han puesto sobre él ante la decisión de renunciar y creo que para muchos ello ha sido un motivo de sano interés y apertura ante su persona, superando los clichés y caricaturascon que se ha intentado tapar la grandeza del saliente Papa.
            

He notado que por estos días abundan los resúmenes sobre su vida, la mención a sus numerosas obras o los análisis sobre el futuro cónclave, pero para el lector lego, que de pronto intuye estar ante alguien que valdría la pena conocer en sus motivaciones, cavilaciones y enseñanzas, que se interesa por apreciarlo de primera mano, la tarea seria de elección sin guíapuede parecer demasiada ardua. Por supuesto no es el problema del especialista: mi preocupación es ante las personas –mayorías- que, dedicadas a otra cosa, tienen la noble predisposición de hacerse un hueco para conocer las enseñanzas de
Benedicto XVI. Para ubicarnos: estamos ante alguien que ha brindado innumerables exposiciones, conferencias, meditaciones, homilías, conversaciones con variadísimo público, que ha publicado más de seiscientos artículos y un centenar de libros, amén del importante magisterio que hay que agregar y nos donara en su largo paso por los distintos lugares eclesiales que ocupó (una exposición que agrupa y presenta sus obras con las traducciones ha sido presentada recientemente: ofrece al público más de 600 volúmenes…). Nadie no dedicado exclusivamente a ello leerá todo, sólo podrá concentrarse en unos pocos
textos. ¿Por dónde arrancar? ¿Qué elegir? ¿Es todo lo mismo? (Borges decía que el infinito se parece demasiado a la nada: de mucho no sirve que para darme el número de Pérez me entreguen la guía telefónica de Buenos Aires…).

 Vaya entonces este aporte, para aquel que quiera acercarse al pensamiento y corazón de Benedicto, cercanía que –esto sí garantizo- no será en vano y concluirá agradecido. Como toda selección de las presentes características es subjetiva; hecha además por alguien cuya labor no es estudiar las obras de Ratzinger, sino que impactado de muy joven por su pluma lo ha idoleyendo y así recorrió buena parte de su obra: pero quizás por eso mismo valga esta enumeración que haré, pues proviene de quien que no se sumergió en los textos por trabajo técnico u obligación externa –como puede ser la docencia formal o la investigación académica rentada- , sino que lo hizo desde el llano, por amor a la Verdad y admiración ante la honestidad intelectual, profundidad, cultura y apertura del autor. Por esta procedencia creo que vale esta selección que aquí ofrezco.

Los nombres de los trabajos son puestos en negrita, y entre paréntesis se señala la editorial en caso de libro y el año de publicación en castellano. Con respecto a los textos que no son libros son ubicables todos en la web.
Como sabemos, básicamente podemos dividir en tres etapas la vida sacerdotal de Ratzinger. Una primera desde su ordenación (1951) hasta su designación como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1981). Otra como prefecto (1981-2005).


Una tercera como sucesor de Pedro (2005 hasta la actualidad). En cada una brillaron sus cualidades de estudio, análisis, vastísimos conocimientos e inteligencia expositiva, todo enmarcadosiempre en una absoluta disposición al servicio requerido por la Iglesia y un irrenunciable amor por acercarse cada día más a Cristo con fidelidad y entrega.


                                                        Primera etapa (1951-1981)

            

La primera lo vio sacerdote en su Alemania natal, reconocido profesor universitario, perito del Concilio Vaticano II, cofundador de las principales revistas teológicas de la época y finalmente investido cardenal. Algunos la consideran su etapa más ‘progresista’, aunque es injusto reducirlo de esa manera. Sí es cierto que se enmarcó en el soplo de ‘agiornamiento’ que necesitaba la Iglesia, y con sus estudios aportó maravillosamente a ello. También lo es que algunas posturas de entonces fueron replanteadas por él mismo en su segunda etapa, pero esto es natural en cualquier persona abierta a la Verdad y la realidad, la cual se va viendo enriquecida si sabe aprender y madura en su inteligencia y planteos. Puede advertirse lo mismo cuando se comparan sus dos últimas etapas. Ratzinger mismo reconoce esto con naturalidad: “aunque por el cúmulo de circunstanciasen el que me encontré –y obviamente también a causa de los cambios de actitud propios de la edad- habían cambiado algunos aspectos de mi pensamiento, de todos modos mi objetivo de fondo particularmente durante el Concilio había sido poner al descubierto el núcleo central de la fe –que existía debajo de tanto cuerpo extraño- para darle impulso y dinamismo.

Esta orientación es una constante de mi vida”. De esta primera etapa, en la que tanto aportó al Concilio y donde a la vez supo advertir las desviaciones que en su nombre pero sin fidelidad al mismo se hacían, hay un escrito que particularmente vale la pena rescatar: nos referimos a su libro Introducción al cristianismo (Ed. Sígueme, 1969), donde se adentra en nuestra Fe a partir del símbolo apostólico, el Credo. Es un libro que pueden tomar con confianza en sus manos creyentes que quieran profundizar su fe, pero también será de gran utilidad espiritual para aquellos que se hallan alejados de la fe, pues
encontraran respuestas a muchos interrogantes. En la nota preliminar que escribiera el reconocido teólogo Olegorio de Cardedal a la edición en castellano, dice: “Hacer un comentario al ‘credo’ o escribir un catecismo es la prueba suprema para un teólogo.

Lo difícil es hablar de las realidades más elementales y primarias en la forma más elemental y primaria. Y hacia eso tiende el libro de Ratzinger: a decir al cristiano de hoy cuál es el contenido simple, pero iluminador, de su fe”. Y el periodista Vittorio Messori, que lo entrevistara largamente en 1984, un laico comprometido con su fe, señala: “Ratzinger había alternado publicaciones científicas con ensayos de alta divulgación convertidos en best-seller en muchos países. La crítica puso de relieve que sus obras no se movían por eruditos intereses meramente sectoriales, sino por la investigación global de lo que los alemanes llaman "das Wessen", la esencia misma de la fe y su posibilidad de confrontación con el mundo moderno.


En este sentido es típica su Introducción al cristianismo, una especie de clásico incesantemente reeditado, con el que se ha formado toda una generación de clérigos y seglares, atraídos por un pensamiento totalmente ‘católico’ y a la vez totalmente ‘abierto’ al clima nuevo del Vaticano II”. Pero más significativo aún: este libro fue una lectura muy importante para Karol Wotjila, quien, reconociendo su talento, al ser elegido Papa lo llevaría como prefecto para la Doctrina de la Fe.
La amistad inestimablemente fructífera para el mundo que surgió allí -con una dupla de Dios tan fuerte, diferente y complementaria a la vez como la de un San Pedro y San Pablo o San Francisco y Santo Domingo- , tuvo génesis en este libro. Tan importante referencia, de otro hombre brillante y santo como fue Juan Pablo II, nos impide ignorar esta obra.


                                                                Segunda etapa (1981-2005)

            
La 2ª etapa, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y presidente de la Comisión Teológica Internacional y de la Comisión Bíblica Internacional, fue –por razones de edad- la del ‘descubrimiento’ personal del Cardenal Ratzinger.
Yo era estudiante secundario de un colegio salesiano, donde existía un excelente nivel de profesores y compañeros, muchos con nobles inquietudes religiosas, políticas y sociales, en la segunda mitad de los ochenta. Algunos catequistas y docentes simpatizaban con posturas próximas a la teología de la liberación.

Recuerdo las discusiones que teníamos con esos profesores, a los que veíamos empobreciendo y equivocando el sentido cristiano. Y entonces un amigo me acercó los clarificadores textos frescos de las dos instrucciones (Libertatis) que había publicado él, para mí desconocido prefecto: ‘sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación’ (1984) y ‘sobre libertad cristiana y liberación’ (1986).


El estilo, la claridad, la profundidad e integridad del análisis y conclusiones con que ordenó este espinoso tema me enamoraron intelectualmente. Desde allí comencé a seguirlo. Jamás imaginaría entonces que terminaría siendo Papa, pero junto con Juan Pablo II fueron mis guías en lo doctrinario. Ya percibí allí su amor por la Verdad, aún a costa de ser condenado desde lo políticamente correcto por no claudicar en su fidelidad a una visión amplia de la realidad -infinitamente más rica que todos los estrechos  esquemas ideológicos- o a las modas y presiones mundanas. Nunca cedió a la tentación de traicionar el central y difícil lugar al  que lo convocó Juan Pablo II, aun cuando hubiera deseado dedicarse a otras tareas intelectuales. Pero su generosa entrega a la
Iglesia y a lo que el Papa le pidiera –precisamente por no especular con simpatías impostadas y aplausos mediáticos, perseverando en cumplir responsablemente y con lo mejor de sí su rol de privilegiado custodio de la Fe revelada- le deparaba un destino mayor aún, para el cual Dios lo estaba preparando.

 Empecemos con sus trabajos vinculados a la cultura y al mundo moderno, incluido el tema sociopolítico y sus fundamentos históricos y  axiológicos, ya que con estos temas lo conocí. Tiene textos increíblemente clarificadores, como Iglesia, ecumenismo y política  (BAC,1987) –que incluye algunos trabajos anteriores a su designación como prefecto, como el magistral capítulo Europa: una herencia  que obliga a los cristianos, de 1979- , Iglesia y Modernidad (Paulinas,1992), Verdad, valores y poder. Piedras de toque de la  sociedad pluralista (Rialp,1995) o Fe, verdad y tolerancia (Sígueme,2004). Es imperdible el libro que publica junto a quien era  presidente del senado italiano, Marcelo Pera, titulado ‘Sin raíces. Europa, relativismo, cristianismo, islam’ (Península,2006).

A este intelectual Ratzinger, siendo ya Romano Pontífice, le prologa en el 2008 con una breve pero elocuente carta que también sería  bueno leer el libro Porqué debemos llamarnos cristianos: un alegato liberal. Las magníficas reflexiones que realiza el cardenal sobre  la historia, el significado y los fundamentos de Europa no pueden obviarse, por cuanto su análisis se extiende también a las realidades  del resto del mundo y sus problemas estructurales: aquí deberíamos agregar, además de las antedichas, su última conferencia como cardenal,  pronunciada en el monasterio benedictino de Santa Escolástica, en Subiaco, el 1° de abril de 2005, titulada Europa en la crisis de las culturas.

            
Es en esta etapa que como prefecto publica la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (2002), lectura obligatoria del magisterio social de la Iglesia, que cuenta además con un perfecto y brevísimo resumen  (una carilla, lo que muestra el genio del cardenal para saber abordar el fondo de una cuestión y aclarar las ideas a quienes no querían entender la Nota) realizado –según sus propias palabras- “para indicar cuál es la posición básica de este documento”, a través de una intervención en un congreso realizado el 9 de abril de 2003 en la Universidad de la Santa Cruz en Roma: La teologización de la política se  convertiría en ideologización de la fe.

             He señalado que Ratzinger es una figura que por saber identificar la esencia de nuestra fe y ser fiel a ella, ha podido abrirse  sin problemas a un diálogo fructífero con el mundo de las ideas modernas y contemporáneas, sabiendo identificar las riquezas propias y ajenas, y pudiendo exponer con serenidad y seriedad el gran aporte cristiano hecho a la humanidad a partir del acontecimiento central de la encarnación.


No ha tenido temor ni aversión a intercambiar ideas con periodistas e intelectuales alejados de su cosmovisión y creencias, como por ejemplo el debate que realizó con el filósofo ateo Paolo Flores d’Arcais. Pero merece una mención especial el intercambio que mantuvieron el cardenal Ratzinger con el filósofo Jürgen Habermas el 19 de enero de 2004 en la Academia Católica de Baviera, pues es una muestra suprema de respeto y diálogo fecundo entre dos grandes inteligencias de formaciones diametralmente opuestas, donde los participantes apelan a un enriquecedor doble proceso de aprendizaje: fue publicado bajo el título Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización (FCE,2008).

             ¿Y sobre los escritos específicamente religiosos del gran teólogo en esta etapa?

Se imaginará el lector que aquí estamos ante sus  trabajos centrales, y por lo tanto los más abundantes. Pensemos que nuestro mentado cardenal ahora se encuentra a cargo de la central Congregación  para la Doctrina de la Fe, cuya labor y producción escrita era importante, a lo que se le agregan los discursos e intervenciones que como prefecto dio Ratzinger, y a ello se le suma que presidía dos pontificias comisiones interesantísimas, la bíblica y la teológica, que publicaron también densos aportes por aquel entonces. Pero aquí contamos con un texto único por su importancia que, si bien no es de su exclusiva autoría, no hubiera  sido posible sin su participación y dirección. Nos referimos al Catecismo de la Iglesia Católica (1992), “resultado de seis años de trabajo intenso,  llevado a cabo en un espíritu de atenta apertura y con perseverante ánimo”. Uno de los grandes aportes del pontificado de Juan Pablo II, al que el  Papa polaco declaró “regla segura para la enseñanza de la fe”: el “Catecismo debe presentar fiel y orgánicamente la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Tradición viva de la Iglesia y del Magisterio auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos y santas de la Iglesia, para que se conozcan mejor los misterios cristianos y se reavive la fe del Pueblo de Dios. Debe recoger aquellas explicitaciones de la doctrina que el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia a lo largo de los siglos.

Es preciso también que ayude a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado aún no se habían planteado”. Quienes hemos podido leer y estudiar el Catecismo no dejamos de admirarnos por su claridad y riqueza, y tomamos conciencia de la importancia y el bien que conlleva una lectura atenta del mismo. Por eso no quisiera aquí descentrar la recomendación de conocer en serio esta obra maestra de nuestra Fe con la mención de otros trabajos.

Espero que todo aquel que sienta inquietudes espirituales pueda encontrarse con ese texto fundamental editado hace poco más de 20 años. Cierro así la etapa como prefecto, mencionando con este  trabajo otra esencial obra hermanada, también encomendada por Juan Pablo II a una comisión especial presidida por Ratzinger “en orden a un mayor aprovechamiento de los valores del Catecismo”, que fue el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (2005). Viene al fin la triste cuaresma de 2005, con un Papa que había dado todo. Ratzinger es el encargado de las meditaciones y oraciones del Viernes Santo de ese año. Memorables.
Y ya fallecido Juan Pablo II, pronuncia la famosa homilía de la Misa ‘Pro eligiendo Romano Pontífice’, donde no se priva de denunciar la “dictadura del relativismo”.



                                                             Tercera etapa (2005-2013)



  Llegamos así a la tercera etapa, ya como Obispo de Roma. Nuevamente nos encontramos con una producción asombrosa y extremadamente rica. Pero intentaremos ir sólo a sus cumbres. Quien lo ha seguido observa que termina de redondear muchas ideas previas. Algunos han dicho que volvió a su primera etapa con algunos textos. Yo creo más bien que completa un trayecto, que debía pasar por esos pasos necesariamente: los de las justificadas inquietudes de urgente renovación que encuentran pleno eco en el Concilio Vaticano II, las críticas acertadas a las desviaciones que por materias histórico-coyunturales sufría la Iglesia, la posterior advertencia de no caer en ir contra la Iglesia y contra Cristo por seguir un supuesto espíritu del Concilio que más bien expresaba opiniones personales de los teólogos reñidas con la Fe, el cumplir con absoluta fidelidad la ardua tarea rectora que correspondía cubrir ante el encargo de Juan Pablo II de que sea su ladero durante todo su pontificado al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ser finalmente el sucesor de Pedro para así confirmar en la Fe y conducir al mejor conocimiento y pleno encuentro con Dios al pueblo a él encomendado.

En cada etapa fue extremadamente fiel al rol que el Señor le encomendó. Esto, conjuntamente con la sabiduría que las personas humildes e inteligentes adquieren con la experiencia y el bien aprovechado paso del tiempo, explican muy bien los detalles de la ‘evolución’ de algunas ideas suyas y la audaz ‘apertura’ que ha pasado demasiado obviada y desapercibida no sólo fuera de nuestra Iglesia (algo de alguna forma comprensible), sino y sobre todo ad intra. Pero siempre con el mismo y perenne amor por la Verdad, por la persona de Cristo, por identificar lo central y permanente de la Revelación y separarlo de lo contingente y accidental.

Para comenzar tenemos que leer la última parte de su primer discurso ante los cardenales el 22 de diciembre de 2005, referida a entender el quit del Concilio Vaticano II y su importancia como ‘apertura al mundo’, es decir como paso de encuentro necesario ante la edad moderna. Allí explica claramente su ‘hermenéutica de la reforma’ como correcta clave de lectura y aplicación del Concilio, frente a reacciones y decisiones históricas opuestas a todo pensamiento moderno y las contrarias y también equivocadas interpretaciones ‘de la discontinuidad y de la ruptura’. El desarrollo de estos temas, vinculados a la importancia y centralidad de la razón para el cristianismo (cristianismo que será a la vez el principal baluarte para proteger a la razón del peligro de cerrarse en sí misma y perecer, permitiendo con esta mutua relación que la razón permanezca viva por estar abierta a la Verdad y a una realidad mayor), y la importancia que esto tiene para proteger los logros que la humanidad ha ido alcanzando, es desarrollado en dos discursos de un superlativo nivel aunque
–tal vez por ello- accidentados (pero que quedarán como jalones universales que resaltan el insustituible aporte cristiano al desarrollo y plenitud del hombre):
 en la Universidad de Ratisbona (12/sept/06) y en la Universidad de La Sapienza (previsto para el 17 de enero de 2008, pero que no pudo ser brindado por
oposición de algunos docentes y estudiantes: el texto igualmente fue expuesto en la página oficial del Vaticano).

Podemos integrarlos con otros dos discursos breves pero perfectos brindados en el ámbito político: en el encuentro con representantes de la sociedad británica, en el Westminster Hall (17/sept/10) y en su visita al Parlamento Federal alemán, en Berlín (22/sept/11). También estos dos discursos se enmarcan en dificultades previas (estos dos viajes papales a Reino Unido y Alemania fueron anticipados con agresivas campañas contra su figura que auguraban un fracaso rotundo de la visita: sin embargo, contra todas las  previsiones, terminaron con una gran recepción local y un extraordinario balance positivo). Quien quiera por último -y vinculado a los temas tratados en este  párrafo- leer un buen resumen sobre la importancia y fundamentos de la libertad religiosa, puede tomar el mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz dado el 1° de enero de 2011.

Benedicto XVI nos ha legado además dos encíclicas bellísimas, sobre el amor y la esperanza cristiana, que son auténticas joyas teológicas, con  grandes aportes en varios campos y un estilo directo y llano que facilita su lectura. Las mismas, que son una manera ideal de conocer su pensamiento y las
enseñanzas que nos donó, son Deus caritas est (2005) y Spe Salvi (2007). Esperábamos para este año nos regalara una sobre la fe, que ya estaba avanzada en su composición, para así cerrar una magnífica trilogía sobre las virtudes teologales, pero quizás haya que recibirla en una ‘cuarta etapa’.

             Ya en esas encíclicas memorables se puede advertir la ‘audacia’ del Papa para plantear ciertas críticas y nociones impensadas hace un tiempo atrás,
siempre vinculadas a reafirmar la Fe en sus aspectos centrales y liberarla de aditamentos extraños, no revelados ni dogmáticos, pero adheridos como si fueran  sustanciales. Puede verse con claridad esta línea por ahora no muy recogida en la Iglesia en dos breves escritos recientes: el discurso de Benedicto XVI en la entrega del ´Premio Ratzinger’ en su primera edición (30/jun/11) y el prólogo que hace a sus escritos sobre el Concilio Vaticano II (publicado por L’Osservatore Romano el 11 de octubre de 2012).
             Otras meditaciones excelentes de su pontificado, con un estilo propio, han sido las audiencias generales de los miércoles, donde en marzo del 2006
comenzó un recorrido por los grandes testigos del cristianismo, empezando por los apóstoles, siguiendo con un especial hincapié en San Pablo, pasando por los padres y maestros de la Iglesia -desde los inicios hasta el medioevo- , incluyendo también grandes figuras y santos, hombres y mujeres, que llegan hasta tiempos  no tan lejanos, concluyendo en abril de 2011. Con una solvencia envidiable, sabe dar los grandes trazos y tratar los principales aportes de cada figura en pocas líneas, respetando los avances que la ciencia histórica nos proporciona con respecto a sus vidas y contextos, pero sin dejar de lado la comprensión profunda de lo que cada uno puede decirnos a nosotros, cristianos de hoy. Estas audiencias pueden verse en la página oficial del Vaticano (vatican.va), y han sido recopiladas también en varios libritos editados por Agape.


             Estas audiencias nos permiten adentrarnos en la última obra que me atrevo a recomendar, quizás como culmen de su amplísima producción. Todo teólogo quiere llegar a escribir su cristología. Joseph Ratzinger, que tenía sobrados motivos para hacerlo, tuvo que ir posponiendo este trabajo por unos treinta años, pues las inmensas labores y responsabilidades que le iban encargando lo impedían. Pero quizás ello fue querido por Dios, para que esta obra pudiese contener pulidas todas las aristas tras una larga vida al servicio de Cristo y su Iglesia, con una experiencia y conocimientos universales amplísimos. Y también fue previsto por Dios que fuese publicada recién cuando ocupaba la silla de Pedro. De esta forma, su estudio sobre Cristo tuvo un alcance que jamás hubiera logrado sin esta circunstancia. Dios quiso darle un amplificador a su trabajo (hasta noviembre del año pasado se habían vendido más de 5 millones de ejemplares de Jesús de Nazaret).

Así, aprovechando descansos y vacaciones, pudo entregarnos finalmente su libro Jesús de Nazaret en tres partes, que el Señor le permitió concluir (cuando publicaba cada una anticipaba su intención de brindar la siguiente, “si se me conceden las fuerzas necesarias para ello” –vol.2- , “dado que no sé hasta cuando dispondré de  tiempo y fuerzas” –vol.1- ): la primera parte va desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta,2007), la segunda desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección (Planeta,2011), y la tercera, más breve y en realidad antesala de los dos anteriores, sobre la infancia de Jesús (Planeta,2012).

Es una obra donde pueden apreciarse todas las cualidades de Ratzinger: el teólogo exquisito, formado, profundo, genial; el biblista que conoce y maneja todos los métodos disponibles;  el intelectual cuya cultura y conocimiento histórico le permiten entender aristas hasta ahora ocultas y sobre todo “presentar al Jesús de los Evangelios como el  Jesús real, como el ‘Jesús histórico’ en sentido propio y verdadero”; el sacerdote y filósofo que dialoga con otras interpretaciones y lecturas y así puede tomar  de ellas todo lo que hay de bueno y mostrar a la vez el singular aporte de la fe cristiana; pero sobre todo el hombre de Dios que quiere conocer mejor al Señor,  para amarlo más, ser fiel hasta el extremo en la Verdad, y darla a conocer a todos los hombres, con el anhelo de compartir el encuentro vivo, profundo y eterno con Jesucristo.



                                                                                             CONCLUSIÓN

            
Concluyo así esta guía, que sin duda pecará de omisiones y parcialidades –aun cuando no fue su intención que ello suceda- , pero que la entrego con el convencimiento que la lectura de aunque sea una parte de estas obras mencionadas –algunas breves y sencillas, otras más largas y complejas, pero todas sin desperdicios- permitirá cultivar un humanismo más integral, formar seriamente la razón y la conciencia, y solidificar convenientemente la fe.

Llegado aquí aparecen grandes temas trabajados maravillosamente por Ratzinger que no he nombrado, como sus importantes trabajos y orientaciones sobre liturgia, Palabra de Dios e interpretación de la Biblia en la Iglesia, sacramentos  -en particular la Eucaristía- , sacerdocio, eclesiología, escatología, o sus recuerdos autobiográficos y de Juan Pablo II, sus mensajes a los  jóvenes en las jornadas mundiales o sus variadísimos encuentros, por ej. con el mundo de la cultura en Francia en el 2008. Además ha brindado abiertas y fluidas  entrevistas, permitiendo todas las preguntas y respondiendo sin circunloquios o escapes, donde podemos aquí también conocer su gran figura: varios libros hay desde la  época de prefecto con entrevistas –conozco en español seis- , pero puede apreciarse su genuina humildad, fina inteligencia y cultura e inmensa sabiduría al menos leyendo Luz del mundo: el Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos.

Una conversación con Peter Seewald (Herder,2010). Pero aquí ceso, pues como referencia inicial es suficiente.
Si advertimos y reconocemos en estos textos algunos de los ejes centrales del pensamiento y existencia de Joseph Ratzinger me sentiría satisfecho: la
relación personal con Dios en primer lugar (“no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”); la búsqueda incansable de la Verdad, la cual nos espera luego de nuestro fatigoso peregrinar en este mundo, y el respeto por ese regalo divino que es la razón, querida por el Logos, con el cual así nos asemejamos; el control mutuo por tanto entre razón y religión, que necesariamente deben vincularse (“en la religión hay patologías altamente peligrosas que hacen necesario considerar la luz divina de la  razón como una especie de órgano de control por el que la religión debe dejarse purificar y regular una y otra vez”, pero “también hay patologías de la razón, una hybris de la razón que no es menos peligrosa” cuando no escucha las enseñanzas válidas de la religión); la prevención contra los enemigos de la bondad, la realidad,  la razón y la verdad, tan queridas por Dios, encabezados por las ideologías y el relativismo; la defensa de toda vida y de la dignidad humana, de los derechos y  libertad de cada hombre y mujer, de las instituciones modernas que limitan el estado (y ponen “el poder bajo el escudo del derecho”, pues “no debe regir el derecho  del más fuerte, sino más bien la fuerza del derecho”) ; la preocupación por la amenaza intrínseca que sufre la sociedad abierta, pluralista y libre cuando olvida las  raíces cristianas que la posibilitaron, cuando reniega de Cristo y los valores que heredamos, que son garantía última para no perder toda la construcción de nuestra civilización (y que sin el cristianismo queda a la deriva, sin fundamentos, presa de opiniones y sentimientos circunstanciales, que pueden enterrarla bajo poderes  totalitarios y esclavizantes); el diálogo fecundo y constructivo con todo hombre de buena voluntad; el Amor como la ley primera y la referencia inmediata que merece  Dios; mostrar el núcleo central de la fe y despojarlo de pesados elementos secundarios que se adhirieron a través de la larga historia del cristianismo, para cumplir  con gozo y vastos alcances el mandato de Cristo de hacer llegar la Buena Noticia a todos los hombres. Estos son algunos de sus ejes, aquí se presentaron unos pocos  escritos suyos: espero con humildad y confianza sean aliciente para que este formidable hombre y su mensaje de Dios sea descubierto por más personas, por su bien, por
el bien de la humanidad.



                                                                                              Dr. Lucas Fiorini
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