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Francisco , el Papa que llegó del sur.

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FRANCISCO:  El Papa que llegó del Sur

 

 

                                FRANCISCO, EL PAPA QUE LLEGÓ DEL SUR (1)

Nada nos ha puesto más felices y esperanzados a los argentinos y a gran parte de la humanidad que la asunción del Cardenal Jorge Bergoglio como nuevo Pontífice de la Iglesia Católica de Roma. Y no es cuestión menor -ni ciertamente mera casualidad- que el flamante Papa Francisco sea el primer papa argentino, el primer papa latinoamericano y el primer papa jesuita de la historia. Que sea un papa llegado del Sur.

Más allá de la impresionante cobertura de la prensa nacional y mundial a este hecho histórico, religioso y político a la vez, de la emoción-conmoción patriota que nos ha embargado estos días, de la convicción silenciosa de que el Espíritu Santo se hizo presente para la elección del sucesor de Pedro, es como si la poderosa autoconciencia de la humanidad, esa que forjamos entre todos casi en silencio, hubiera estado preparándose y esperando desde hace tiempo un Papa de este tamaño de humanidad. Como hubiera dicho Emmanuel Mounier si viviera en este tiempo, “el acontecimiento será nuestro maestro interior”, y éste es un acontecimiento magno que repercute en nuestro corazón renovando la esperanza, un acontecimiento cargado de esperanza que se escribe ya en los anales de la historia con letras mayúsculas, aunque no góticas ni moldeadas en oro.


Un mensaje al corazón de la Iglesia:

Pues bien, el Papa Francisco ha iniciado su papado con un deseo, no fruto de la ocasión ni de la improvisación sino del compromiso teologal de su entera vida pastoral: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres”. Ha pedido por una conversión de la mirada de la Iglesia hacia el rostro de los más pobres y vulnerables, algo que ciertamente nos incluye a cada uno sin distinción y no podemos eludir, porque no habría Iglesia universal sin este cuerpo místico que conformamos todos y cuya magnífica cabeza es Jesucristo.

Sabemos, además, que esta conversión de la mirada y el corazón es una de las claves hermenéuticas centrales para interpretar el llamado del personalismo comunitario en sus más variadas voces, en especial si nos dejamos inspirar por la voz luminosa de Emmanuel Mounier que supo ser voz de los sin voz, de los desamparados, los invisibilizados, los postergados, los dueños de la intrahistoria, aquella historia profunda de la que llenó su obra regia Don Miguel de Unamuno. Pero no se trata sólo de saber interpretar, se trata de la vida misma de las personas que nos sentimos llamadas a esta misión especialísima que consiste en encender la antorcha del personalismo en el corazón de nuestra sociedad.
 
Encarnamos para ser en la verdad, testimoniamos para contagiar la verdad, vigilamos para ser custodios de la verdad, y por eso mismo somos ‘adiutores Dei’, colaboradores de Dios, tal como nos lo pidiera San Pablo.


Un mensaje al intelecto y a los intelectuales:

El nuevo Obispo de Roma ha asombrado al mundo con una coherencia inimaginable y un sentido de la realidad digna de imitar, algo que nos brindó desde el primer día, cuando al hablar ante la prensa mundial recordó la necesidad de que los discursos de todo tipo, en especial los
periodísticos, intelectuales y políticos, volvieran a reflejar en cada página y en cada palabra la tríada de Verdad, Bien y Belleza, como esos trascendentales del ser originario que nunca se perdieron pero que hoy debemos hacer operantes y vivos una y otra vez hasta tratarlos como los máximos valores y encarnarlos en las más excelsas virtudes en la vida de cada día.


Tamaño desafío para nuestras sociedades y sus dirigentes, que en su horizonte de ideales y posibilidades han borrado o postergado la realización de esta tríada fundamental que es conditio sine qua non para la plenificación en dignidad y felicidad de las personas y sus comunidades. Habrá que insistir sin darnos tregua, y sin darla.


Un mensaje a los sentimientos y al corazón para llegar al centro de las personas, su ordo amoris, el orden del Amor hecho virtud:

El Papa Francisco ha sembrado de gestos estas escasísimas horas de sus primeros pasos como cabeza de los millones de católicos del planeta, gestos que anuncian un despojo de lo superficial y lo efímero, de la pompa y el boato, de tanta cosa inesencial que hace perder de vista la esencia del mensaje evangélico, para mostrar al mundo un cambio de dirección en un viraje de 180°, con una atención eminentísima al pueblo de Dios, rostro sufriente del Cristo vivo, al que ha colocado en el epicentro de su incipiente papado. En realidad no lo “ha colocado” sino que ha corrido el velo que ocultaba su verdadero lugar. Todos hemos visto estos gestos, y los hemos leído como desprendidos de su particular humildad acogedora y su carisma cincelado por la empatía cómplice del amor, esto es, su saber estar en el lugar del otro, con el otro y para el otro.

Actitud que es fruto riguroso de la virtud, nada improvisada, que ha generado, por ejemplo, que lo bauticen “el Papa cartonero”, por haber sabido ser amigo de los cartoneros, además de su fraterno pastor. Pero quizás también merezca ser llamado “el Papa de las prostitutas”, porque durante su mandato como arzobispo de Buenos Aires, hubo días en que se levantaba a la madrugada, llenaba unos termos con un chocolate caliente, y lo compartía con ellas para que el frío de la madrugada no las enfermara. Seguramente también las ayudaría a curar el alma.

Sin juzgar, sin condenar, sin predicarles...

Seguramente muy pronto, este Papa que llegó del Sur comenzará a impregnar la historia y la Iglesia del siglo XXI con su ejemplo y su palabra templados por el Amor.

Gestemos unidos la esperanza.

1 Palabras pronunciadas en el Homenaje al Papa Francisco en sesión del Instituto Argentino Jacques Maritain, filial Córdoba, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba el 20 de marzo de 2013.                                                                                                                   

                                                                                                                        Inés Riego de Moine    

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