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 LANZAMIENTO DE LIBRO EN LA UMC:

I ENCUENTRO INTERNACIONAL OSWALDO PAYÁ

Reflexiones sobre la vigencia del Pensamiento Humanista Cristiano.



El Centro de Economía Social de Mercado y Humanismo Cristiano, CESMUC, de la Universidad Miguel de Cervantes, el Centro Democracia y Comunidad, CDC, el Centro de Estudios del Desarrollo, CED, la Fundación Konrad Adenauer, KAS y la Editorial Juan Carlos Sáez; invitaron a participar del lanzamiento del Libro con las exposiciones y ponencias del Primer Encuentro Internacional Oswaldo Payá “Reflexiones sobre la Vigencia del Pensamiento Humanista Cristiano”, que fue presentado por la senadora Soledad Alvear Valenzuela y el escritor Sergio Muñoz Riveros.

Un encuentro académico donde impere el diálogo y la reflexión.  Un encuentro con identidad y con el corazón.

A continuación entregamos el documento integro, de ambas presentaciones.

 



Presentación Libro “ Reflexiones sobre la vigencia del pensamiento humanista cristiano”
                                
                                                       Soledad Alvear Valenzuela
                                                            Senadora     
                                                                                    Santiago, 10 de Enero 2014               


Agradezco muchísimo la invitación. Felicito a las instituciones organizadores de las Conferencias Paya y a la  Editorial Juan Carlos Sáez por este Libro. Saludo a mi colega don Sergio Muñoz, a quien habitualmente leemos y con quien compartimos tantas visiones, a partir de una genuina y respetuosa pluralidad. Saludo a quienes presiden esta testera y muy especialmente a todos los presentes.

La tarea encomendada es de las más agradables que he tenido.  Mi incorporación a la política como joven universitaria, se dió en torno a la lectura, a la reflexión doctrinaria y a la formación cívica y política. Leer esta obra, las ponencias de quienes participaron en la Conferencia, la calidad y altura de éstas, la mezcla de nacionalidades y de distintas generaciones, le otorgan una riqueza que estoy segura impactara mucho mas de lo que sus creadores imaginan.

La crisis de la política y el desarraigo ciudadano respecto de ella y de su participación, tiene muchas causas, pero creo que especialmente se debe al deterioro del valor de las ideas y por ende del pensamiento. Y ésto en Chile es muy evidente. La lucha contra la  Dictadura y la gigantesca obra de la transición, como asimismo los significativos avances de los Gobiernos democráticos, nos impusieron una obligación de buen Gobierno, de programas que se debían cumplir, de coyunturas que hoy para quienes no las vivieron les parecen fáciles, pero que representaron vallas de gran altura que hubo que superar.

Esas obligaciones, más la cruzada neoliberal, la caída del muro y el pragmatismo generalizado, depreciaron el valor de las ideas, la lectura y reflexión filosófica y nos han llevado incluso en una visión regional, a fórmulas populistas inimaginables por lo destructivas e irresponsables que son.
El populismo también ha surgido entre nosotros, ya se asomó en los debates de algunos candidatos en las elecciones presidenciales y casi llego a ser un actor de primera línea y ésto en parte se debe a la ausencia de análisis  y reflexiones de fondo.

Chile en su historia se caracterizó por el valor dado a las ideas, es cierto que  llegamos a extremos de ideologización que recordamos y que conocemos sus efectos. Pero también es cierto que se hace evidente la falta de prioridad o de importancia actual de estas. Para dotar  al país de un proyecto nacional con características de transversalidad, que supere los plazos de un gobierno y  que le otorguen la noción de proyecto de país, que permita articular la fuerza de todo un pueblo y de sus comunidades.

Cuando recorro y leo este libro,  constato un esfuerzo notable de reflexión profunda y de intentos serios de creación de pensamiento que considere las nuevas realidades, desafíos y problemas, en el contexto del pensamiento humanista cristiano, pero con una mente abierta a recoger el aporte de las distintas vertientes, ampliando como se explica en una de las ponencias , decididamente las fuentes de este pensamiento, haciéndolo, a su vez; dialogar con aportes de otras líneas, que por supuesto representan un valor, en los análisis y en la creación.

Leer este libro, es recuperar la visión de altura, que supera las coyunturas, que se sitúa en las reflexiones de máximo contenido, que denota gran conocimiento, cultura y saber.

No pude asistir a la Primera Conferencia Oswaldo Paya. Después de leer este Libro, cerré el 17 y 18 de Enero para estar presente en las Segundas Conferencias Oswaldo Paya. Con humildad les digo, con su lectura han reclutado a una nueva participante entusiasta.

Coincide ésto con las circunstancias que la vida nos presenta. Dejo el Senado en Marzo próximo y he decidido mantener mi compromiso con lo público. No necesito de un cargo para ello. Quizás incluso en lo que pretendo desarrollar es mejor no tenerlo. En una perspectiva social cristiana, el Estado es un instrumento de la sociedad, es una parte de esta y está al servicio del bien común. Todos sabemos que producto de la Globalización existe la denominada crisis del estado-nación, de sus poderes, soberanía y capacidades, que en todo caso han disminuido en una comparación en el tiempo.

La sociedad es más compleja, diversa y rica que ayer. Hay que estudiarla y estar en ella.Las comunidades de origen o de adhesión van adquiriendo una importancia cada vez mayor, sea por su existencia o por la necesidad de su creación. El Estado y el Mercado son dos realidades necesarias, que deben funcionar bien, para lo cual requieren reglas claras y contrapesos suficientes. En nuestra inspiración hay dos contrapesos que se deben relevar, estos son el de los ciudadanos y el de las comunidades.

El de los ciudadanos en una relación con nuestro concepto de PERSONA HUMANA, ser único e irrepetible, ser social por naturaleza, nuevos ciudadanos liberados de la concepción clientelar y de los liberalismos de distinto cuño, que le otorgan todos los derechos y lo eximen de las obligaciones, robusteciendo así la concepción liberal individualista del ciudadano.

En la Exhortación Apostólica el Papa Francisco nos plantea que “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”

Y el de las COMUNIDADES, concebidas como los espacios cercanos y gratuitos de socialización y de solidaridad entre sus miembros, de participación, de autonomía y de contrapesos de los grandes monstruos del Estado y el Mercado. Esto supone pensar y elaborar sobre los principios de la autonomía en relación a los cuerpos intermedios y  del reconocimiento institucional de su rol.

Entre los desafíos culturales que el Papa Francisco nos plantea en su Exhortación la necesidad de “una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales”. Agrega “los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos mutuamente a llevar las cargas”.
“Hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieres ser constructores del desarrollo social y cultural”

Lo público no se da sólo en el Estado , la sociedad civil y las comunidades son y deben ser importantes. Hay que pensar el conjunto de la sociedad, entender  sus cambios, hacer  prospectiva y proponer un accionar.

Si observamos la crisis del Estado Nación, sabemos que ésta no se resuelve sólo en lo nacional.
Necesariamente eso nos obliga a recuperar una visión de mundo y de otorgarle a lo internacional una de las mayores prioridades en nuestra visión del quehacer en un proyecto nacional de altura y largo alcance.

En esto requerimos dar un salto muy significativo.
Eso coloca en el centro, la gobernabilidad de la globalización y como se colabora en ella. Eso supone reasumir decisiones de actuar en la integración latinoamericana, ya no para cerrarse, sino para ir construyendo esa gobernabilidad.

Pero eso implica construir instancias supranacionales y eso representa cesión de soberanía. Ya no es una Integración Comercial, en algunos casos ya lograda por los acuerdos bilaterales o subregionales, es también una integración política y ahí el tema de la Democracia y de los Derechos Humanos adquiere una importancia que nadie puede soslayar.
Por otra parte, el poder en una visión de fondo y de mundo, requiere ser redimensionado en la actual realidad.

En principio toda concentración de poder aparece como negativa. Y una propuesta inicial es reflexionar respecto a la distribución del poder. Eso implica un Estado descentralizado, por tanto  países  que se piensan y conciben de un modo distinto, diametralmente distinto.
La denominada Ley del péndulo, es una ley de la simpleza, de la falta de creación de pensamiento o de la falta de voluntad de conducir y de propugnar convicciones capaces de conducir. De la idolatría del mercado, pasar a una idolatría del Estado, sería  un absurdo histórico y una renuncia a la capacidad de creación humana. América Latina requiere nuevas respuestas con sentido de largo plazo.

En la crítica al capitalismo salvaje y  al individualismo, el libro nos recuerda la riqueza y vigencia del concepto de persona humana, pero ya no tan solo como riqueza doctrinaria, sino como desafío concreto de la acción temporal y más aún de la acción cívica o política.

Persona y Comunidad son el centro de una reflexión actualizada. En el nivel teológico y filosófico obviamente. Pero también y es quizás el desafío mayor en la concreción del buen gobierno y de las políticas públicas.

Me llama mucha la atención, el tratamiento de los aportes de Bauman y Habermas en el Libro y por ende en la Conferencia, Bauman con su tésis de la modernidad líquida nos ayuda a comprender mejor las características y profundidad del cambio en nuestras sociedades.  Habermas desde otra visión , reconoce  a las religiones un  rol en las sociedades. Hemos conocido las discusiones europeas que a veces se intenta importar a América Latina, sobre Laicismo y Laicidad. Los temas de si hay real neutralidad o la neutralidad es una forma de parcialidad. Si la tolerancia es tolerancia o una forma de intolerancia, etc., etc. Pero lo de Habermas es un enfoque interesante y diferente que se debe estudiar, que a mí al menos me induce a pensar sobre el tema. En otro enfoque claramente más moderno y pertinente.

Una de las crisis que origina la globalización es la atomización de la sociedad, la falta de participación, la desaparición de cuerpos intermedios y su debilitamiento. Los estudios más actuales  indican que las comunidades que más resisten y sobreviven son las familias, las comunidades religiosas y las comunidades de pueblos originarios.

 Estudios últimos señalan que quienes más participan en organizaciones sociales y de colaboración comunitaria, son los miembros de comunidades religiosas. En mi experiencia como Ministra de Justicia, pude constatar la importancia y el aporte real y significativo que hacen las comunidades religiosas, especialmente las evangélicas, en la rehabilitación y reinserción de los presos en la sociedad.

Al plantearnos como personalistas comunitarios, el tema del fortalecimiento y la creación de entidades comunitarias, debemos pensar y estudiar el rol de las comunidades religiosas, como cuerpos intermedios reales, lo que implica el reconocimiento al rol que en ese carácter cumplen y que es lo que eso puede implicar. Si en algún momento vamos a discutir sobre estos temas, debemos considerar todos los enfoques, pues no hay uno solo. Habermas abrió un enfoque muy interesante de desarrollar.

Enrique San Miguel, nos recuerda en el libro la gigantesca aportación socialcristiana, en la historia reciente de Europa y América Latina:

”... el Estado social y democrático de Derecho, la afirmación de la civilización de los derechos fundamentales, la economía social de mercado, la aplicación del principio de subsidiariedad en términos institucionales y de gestión pública, pero también políticos y territoriales, el progreso de los pueblos, el liderazgo de exitosos procesos de transición y consolidación democrática, la búsqueda de la equidad… y de la justicia social en libertad…..y la paz, son materializaciones de una cultura política democrática que no podría explicarse, sin un exámen atento y constante a la historia del humanismo cristiano y sobre todo el ejercicio de responsabilidades de gobierno por los demócratas de inspiración cristiana.”

Ese es el nivel y la profundidad de la tarea del futuro y que se debe acometer.

Cada uno de los artículos del Libro constituye un valioso aporte en esa dirección. Son más de 400 páginas motivantes, novedosas, de mucha convicción y de inspiraciones profundas hacia el futuro.

El esfuerzo que estas cinco instituciones realizan con el reconocido apoyo de la Fundación Konrad Adenauer, nos coloca en otro nivel de reflexión. Sinceramente, por lo que conozco es una experiencia muy especial y no conozco otra de esta dimensión.
Una red de Nuevo Pensamiento Democrático que produce un par de libros anuales.
Estas  Conferencias Paya que se van transformando en un  hito dentro del Pensamiento Humanista Cristiano en Ammérica Latina.
Los Diplomados  Internacionales  en Teoría Política y en Economía Social de Mercado de esta Universidad.
Las labores de Formación de CDC y del CED.

El importante anuncio que hemos conocido hoy, el  lanzamiento de este libro como el primero de una Colección Pensamiento Humanista Cristiano, que publicara seis libros anuales.

Todo esto constituye una gran tarea. Que debe ser objeto de nuestro reconocimiento y felicitación.

En otra dimensión pero coincidente en el fondo yo también estaré en los contenidos, mi compromiso futuro estará en el desafío de continuar esfuerzos como el de Edgardo Boeninger mi gran amigo, que ya no está con nosotros, cual es, pensar en Un Chile distinto, crear un nuevo proyecto de país.
Donde ideas, principios y valores humanistas y democráticos se reconozcan como muy presentes y claros.
 
Muchas Gracias por la invitación.
Felicitación a las Instituciones y a todos los autores a muchos de los cuales veo aquí presentes.
Y nos vemos el 17 y 18 en el Ex Congreso Nacional.

Muchísimas Gracias





Palabras de Sergio Muñoz Riveros en la presentación del libro “Reflexiones sobre la vigencia del Pensamiento Humanista Cristiano”
(Santiago, 10 de enero de 2014)


Agradezco la invitación de Gutenberg Martínez, rector de la Universidad Miguel de Cervantes, para participar en la presentación del libro “Reflexiones sobre la vigencia del Pensamiento Humanista Cristiano”. Me siento muy honrado de estar aquí y, además, especialmente complacido de compartir esta tribuna con Soledad Alvear, quien ha dignificado la función pública en los años en que ha sido ministra y parlamentaria.

Es muy significativo que la obra que presentamos esté asociada al nombre de Oswaldo Payá, el líder socialcristiano cubano que murió en oscuras circunstancias en su país, en julio de 2012. Fundador del Movimiento Cristiano Liberación, Payá fue un hombre íntegro, lúcido y valiente, que estuvo dispuesto a correr muchos riesgos personales, como numerosos cubanos y cubanas admirables –socialdemócratas, socialcristianos, liberales, ex comunistas, creyentes y no creyentes-, que no se dejan intimidar por los agentes de la represión y sostienen, a pesar de todo, la esperanza de vivir en un país sin miedo.
Permítanme decir algo más sobre Cuba. La dictadura de los hermanos Castro acaba de cumplir 55 años. Es la única que existe en América Latina y nunca hubo una más prolongada en el continente. De la leyenda de la gesta liberadora, sólo quedan despojos. La realidad es la permanencia de un régimen oligárquico y represivo que no alcanza a disimular su inmenso fracaso.
La experiencia cubana demuestra que lo más parecido a una dictadura de derecha es una dictadura de izquierda, y viceversa. Pueden variar los símbolos y las arengas, pero al final se equiparan en los métodos de avasallamiento de los seres humanos.

Como sabemos, las tiranías prolongadas generan desesperanza y escepticismo. Es lo que ha ocurrido en Cuba. Osvaldo Payá se rebeló contra esa inercia y ofreció un camino pacífico (el llamado Proyecto Varela) para dar la palabra a los propios cubanos sobre su futuro. Consiguió movilizar a mucha gente en torno al objetivo de recuperar el derecho  del pueblo a autogobernarse, pero el Partido-Estado no sólo bloqueó esa alternativa, sino que hizo todo lo posible por ahogar la voz de Payá.

El 21 de diciembre, Raúl Castro dijo que su régimen estaba dispuesto a establecer relaciones normales con EE.UU. siempre y cuando ninguno de los dos países intente cambiar el sistema del otro. “De lo contrario –agregó-, estamos dispuestos a soportar otros 55 años en la misma situación". Es la soberbia de una elite que actúa como si poseyera títulos de propiedad sobre Cuba y considerara súbditos a sus habitantes. Todo ello en nombre de algo a lo que se sigue llamando “el socialismo”, cuyo penoso balance responde a las mismas causas que provocaron el hundimiento de la URSS y los países sovietizados de Europa.
 
Gastada y todo, la mitología revolucionaria sigue condicionando el juicio de algunos sectores que se definen como progresistas en América Latina y que incluso lucharon contra las dictaduras militares de derecha, pero que justifican la autocracia en Cuba, lo que viene a confirmar que los dictadores amigos son, en primer lugar, amigos.
¿Nos importa o no que el pueblo cubano viva en libertad? No hay evidencia de que sea así para la mayoría de los gobiernos latinoamericanos, los cuales, condicionados por diversos cálculos y temores, optan por no hacerse problemas. Se puede entender la lógica pragmática de las relaciones de Estado, pero ¿por qué esto tendría que inhibir a las fuerzas políticas que se identifican con los principios democráticos y la cultura de los derechos humanos? No es posible taparse los ojos frente a los atropellos a las garantías individuales, las detenciones arbitrarias y las golpizas a los opositores, hechos denunciados periódicamente por la comisión cubana de derechos humanos que encabeza Elizardo Sánchez Santa Cruz.

Durante 2013, Raúl Castro presidió la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que se reunirá este mes en La Habana. Se trata una forma institucionalizada de cinismo regional: Castro se viste de civil, todos le dicen presidente y nadie tiene el mal gusto de preguntarle cuándo habrá elecciones libres en Cuba.
¿Significa entonces que para los usos diplomáticos sólo cuentan las apariencias? ¿Quiere decir que las declaraciones regionales de adhesión a los valores democráticos se han convertido en papel mojado? Hay base para estimarlo así. Pero si los gobiernos consideran que, por una u otra razón, deben desentenderse de la situación cubana, las fuerzas democráticas de la región tienen el deber de actuar de otro modo.

Los chilenos recibimos la solidaridad de muchos pueblos en los años de la lucha por recuperar las libertades. Los cubanos también necesitan ese aliento, y es inconcebible que haya quienes consideren que las libertades son buenas para Chile, pero no para Cuba. Hay que apoyar a quienes luchan dentro de la isla por el respeto a las garantías individuales, por el derecho a asociarse libremente, por la libertad de prensa, por crear las condiciones para una transición pacífica hacia la democracia. El mejor homenaje a Oswaldo Payá es sostener las banderas que él sostuvo, vale decir, hacer nuestra la causa de quienes anhelan vivir en una Cuba democrática.

El libro que presentamos es una valiosa contribución al debate de ideas respecto del futuro de nuestro país y de América Latina en un momento en el que abundan los enunciados generalistas y las consignas sonoras que parecen sintonizar con los tiempos, pero que en los hechos favorecen las simplificaciones.
Hace falta abrirle paso al intercambio fundado de puntos de vista, a los estudios rigurosos, a las propuestas que contribuyan a iluminar el camino y, en lo posible, a mejorar las cosas, que siempre existirá la posibilidad contraria. Lo primero es contribuir al fortalecimiento de las libertades, sin lo cual no hay posibilidades de progreso real.

Las intervenciones compendiadas en el libro, buscan llevar los principios del humanismo cristiano a la realidad social, económica y política de nuestro tiempo.
Así, son sugerentes las reflexiones acerca de cómo entender las relaciones entre la fe y la política, la noción de comunitarismo, la experiencia de la economía social de mercado, la singularidad del protestantismo, los fundamentos de la doctrina social de la iglesia, los ejes doctrinarios de la encíclicas papales, la reflexión de pensadores como Jürgen Habermas y Zygmunt Bauman.

¿Qué le dice todo esto a alguien como yo, que no pertenece a ese mundo de referencias y que, para mayores señas, es ateo? Me dice bastante. Me recuerda desde luego, que soy heredero de la civilización judeocristiana. Me estimula a reflexionar, una vez más, sobre el componente religioso de nuestra cultura, a intentar asimilar lo esencial del mensaje cristiano, y apreciar, por ejemplo, la visión de un pensador tan respetable como Jacques Maritain, de cuyo legado forma parte la contribución que hizo a la Declaración Universal de Derechos Humanos, de 1948.

La lectura de este libro reafirma, además, mi convicción de que creyentes y no creyentes podemos sostener una concepción compartida sobre el Estado laico, que no hace suyo ningún culto y ofrece garantías a todos en el marco de la ley.

Sobre la base de mi propio itinerario, puedo decir que he desarrollado un rechazo instintivo hacia toda forma de fundamentalismo o integrismo, y que tiendo a ponerme en guardia respecto de los fanáticos de cualquier signo. Al mismo tiempo, he tratado de abrir la mente y el corazón hacia las expresiones de sabiduría que puedo encontrar aquí y allá, en los ámbitos más diversos. Se trata de un esfuerzo, no siempre sencillo, para no ser arrastrado por la corriente de los prejuicios y las modas. Si se trata de comprender, creo que hay que estar dispuestos a cuestionar los criterios comúnmente aceptados en esta o aquella cosmovisión.

Las razones deben valer por sí mismas. Los valores deben persuadirnos de su superioridad.

Así las cosas, trato de no dejarme impresionar por los rótulos. En no pocas ocasiones, he sentido mayor afinidad con el punto de vista de un creyente frente a cuestiones esenciales de la vida social que con el punto de vista de alguien que se declara agnóstico o racionalista. El asunto definitorio, es la relación entre los fines y los medios.

En el terreno político, confieso que experimento un fuerte recelo hacia quienes se presentan a sí mismos como la quintaesencia del “progresismo”, y andan a la caza de “conservadores” a los cuales estigmatizar ante el pueblo. No todo lo que brilla es oro.
 
Puesto que las inconsistencias y las incongruencias son parte de la naturaleza humana, necesitamos optar por la moderación, aconsejada por Montesquieu, lo que implica tener conciencia de nuestras modestas fuerzas, sentido autocrítico, voluntad de aprender en el camino y disposición a rendir cuentas por lo que hacemos. No lo sabemos todo, no lo podemos todo. Razón demás para medir nuestros pasos si queremos mejorar la sociedad. O sea, política a escala humana.

En este contexto, es indudable que el humanismo cristiano forma parte del patrimonio ético, intelectual y político de la humanidad. Ha inspirado la defensa y promoción de los derechos humanos, la lucha por las libertades, el empeño por integrar la solidaridad en la sociedad moderna y, por cierto, el compromiso con la construcción de Estados democráticos.
 
Así las cosas, estoy convencido de que las diferencias conceptuales entre un humanismo de raíz cristiana y otro, que pueda definirse como ateo, incluso filosóficamente materialista, no resultan esenciales en la práctica. A la hora de oponerse a toda forma de opresión y servidumbre, de rechazar la crueldad en cualquiera de sus formas y luchar por la dignidad humana, dejan de ser definitorias la trascendencia o la inmanencia, y pasa a primer plano la voluntad de defender a los seres humanos concretos, la humanidad viviente, más allá o más acá de cualquier creencia.

Lo que importan son las personas, cada persona, todas las personas.

Esa es la enseñanza de nuestra historia. Cuando saltaron por los aires los diques del Estado de Derecho en 1973 y se abatieron sobre la sociedad chilena la violencia, el odio y la inmisericordia, pudimos apreciar dónde estaban las reservas de civilización. La mayor lección de humanismo activo fue la que dio la Iglesia Católica. Eso no debe olvidarse. Yo no lo he olvidado. El cardenal Raúl Silva Henríquez es una figura mayor de nuestra historia. Todo pudo ser mucho más terrible sin la tarea cumplida en aquel tiempo por la Vicaría de la Solidaridad del Arzobispado de Santiago, las otras vicarías y entidades de auxilio a los perseguidos y sus familias. La defensa de los derechos humanos fue una gesta moral que no tiene parangón en toda la historia de Chile.

El hilo conductor de las reflexiones contenidas en el libro es el esfuerzo por construir una sociedad en la que importen las personas, lo que supone combatir el individualismo y estimular el sentido de comunidad en el marco de un régimen democrático. Se trata de un intento por traducir los valores del amor al prójimo en criterios eficaces de organización de la vida en comunidad.

En el libro que presentamos, Alejandro Landero Gutiérrez, de la Universidad Anáhuac México Norte, dice lo siguiente:
 
“Tenemos un proyecto para el mundo, para América Latina, de civilización y de humanización. Un proyecto que se desdobla en las dos tareas de la ética: evitar el mal –civilizar– y promover el bien –humanizar–. Civilizar significa evitar que las personas se maten, que el hambre exista, que la corrupción carcoma las instituciones, que la libertad se cancele. Junto a ello, también buscamos humanizar la sociedad, procurando que la educación se expanda, que la cultura se eleve, que la ecología humana sea valorada, que la familia se fortalezca, que las personas descubran un significado en sus vidas”.

Es una buena síntesis de las tareas que tienen nuestros pueblos para construir un orden más justo. Y con tal perspectiva se identifican, por supuesto, personas de diversas filiaciones religiosas, filosóficas o políticas.
 
Ha costado que eche raíces firmes la cultura de la libertad en nuestro continente. Los peligros de involución han cambiado de ropaje.
Hoy, la amenaza principal no son los golpes de Estado, sino la desnaturalización de los procedimientos democráticos por el socavamiento del Estado de Derecho, desde dentro. Ello se expresa, por ejemplo, en la aprobación de Constituciones hechas a la medida de las ambiciones de reelección del gobernante de turno; en el debilitamiento del principio de la división de poderes; en las restricciones a la libertad de prensa; en el uso desvergonzado de los recursos del país para sostener al grupo gobernante. La corrupción es una peste que sigue causando estragos en nuestra región. En no pocos casos, la retórica anticapitalista sirve para encubrir los negocios sucios de los capitalistas amigos de quienes gobiernan.
Si la cultura democrática no arraiga suficientemente, América Latina no podrá consolidar sus avances ni avanzar al desarrollo.

En el libro, Alejandro Foxley afirma lo siguiente:
“El principal desafío desde el punto de vista de un humanista cristiano, es cómo mejorar la calidad de la política y de las instituciones en estas democracias.
 
Las lecciones, a partir de nuestra experiencia, con todos los errores cometidos y habiendo estado ahí tanto como tecnócratas y como políticos, son:
1. Siempre hay que tener el coraje para erradicar de nuestros sistemas todas las formas de populismo, que corroen por dentro gradual y sistemáticamente a las instituciones democráticas representativas.
2. Tener capacidad real de consensuar acuerdos transversales en los temas básicos. Transmitir a todos los sectores, con convicción, que cuando hay acuerdos todos ganan y que en la política de confrontación y conflicto, todos los sectores son castigados por los ciudadanos.
3. Fortalecer la credibilidad de las instituciones vigentes para una buena democracia. Aquí surge la expresión de “rigor democrático”. El sello de los humanistas cristianos para construir una buena democracia es garantizar que siempre se van a respetar las reglas propias de una democracia avanzada, que son aquellas concordadas por todos los actores relevantes y que no se cederá ante la tentación de cambiarlas cada vez que haya una ventaja transitoria de poder.
En síntesis, no habrá una economía avanzada sin una democracia avanzada”. Comparto enteramente el juicio de Foxley.

Necesitamos actuar con perspectiva histórica. En el siglo XX Chile vivió dos inmensas catástrofes: la experiencia de la Unidad Popular y la dictadura de Pinochet. La naturaleza de una y otra fue muy distinta –en el primer caso, el fracaso de un proyecto de cambios; en el segundo, un proceso de criminalización del Estado-, pero si queremos aprender de lo vivido, es artificial disociar ambas experiencias. Nada justificará jamás los crímenes de la dictadura, pero ¿cómo ignorar el peso de los errores políticos que condujeron al hundimiento de la democracia? Es hora de reconocerlo sin ambigüedades. No podemos volver a tropezar con las mismas piedras.

El utopismo revolucionario causó muchas desgracias en el siglo pasado. Solo el camino de las reformas se ha demostrado fructífero, porque reconoce la complejidad y se compromete con el uso de medios democráticos para mejorar la vida en sociedad. Ese fue el camino recorrido por Chile a partir de 1990, y la centroizquierda no debería olvidarlo.
Nuestro país ha avanzado en muchos terrenos y será mejor si tenemos claridad sobre la vía que recorrió. Es válido afirmar que no lo hemos hecho todo bien, pero las cosas esenciales sí las hemos hecho bien. Hemos construido un Estado de Derecho que, más allá de sus imperfecciones, nos permite convivir en libertad y procesar civilizadamente las diferencias y los conflictos. En el terreno económico, la cooperación del Estado y la empresa privada ha sido el motor del progreso, en un marco de garantías explícitas a la inversión.

Los logros no cayeron del cielo. Queda mucho por hacer. Pero debemos cuidar lo conseguido para seguir avanzando.
Es imprescindible reducir las desigualdades. Pero lo es también, definir los instrumentos apropiados para lograrlo. Hemos aprendido que el mercado no debe ser el ordenador supremo de la vida en sociedad, pero también hemos aprendido que el Estado, no debe ser el gran propietario de medios de producción, ni concentrar poderes excesivos. El Estado debe velar por el interés colectivo y proteger a los sectores vulnerables, pero, a la vez, fomentar la autonomía de las personas, la iniciativa privada, la creación de fuentes productivas. Esto no debería estar en duda en los próximos años.
El nuevo gobierno no podrá satisfacer todas las demandas. Tendrá que establecer prioridades a partir de un programa que, a decir verdad, es sobreabundante.
Sería política y económicamente costoso que se extendiera la idea de que el Estado debe renunciar a la focalización del gasto y optar por la universalización de derechos en la educación superior, expresada en la noción de gratuidad para todos, incluso para quienes no la necesitan, lo que se supone que contribuiría a la integración social.
Los avances sociales deben ser sostenibles, o sea, financiables, lo que requiere que estén respaldados por el crecimiento de la economía. Y no olvidemos que, en estos tiempos, la globalización condiciona en gran medida las metas nacionales y acentúa los factores de incertidumbre.

Ojalá que la discusión de las reformas constitucionales no dé lugar a un proceso errático y confuso, que termine dando la impresión, dentro y fuera de Chile, de que todo está en tela de juicio.

Es valioso que los jóvenes se sientan llamados a participar en las definiciones sobre el futuro, y que se sientan movidos por un sentimiento de justicia. Pero; no hay que tratarlos como a niños que necesitan que se les dé en el gusto. El halago a los estudiantes suele ser puro y simple juego demagógico para congraciarse con ellos. Lo mejor es que reciban un trato de adultos, lo cual implica que aprendan a hacerse cargo de sus actos y se preparen para asumir responsabilidades.
Lo que hace falta es que los jóvenes se conviertan en ciudadanos conscientes.

Se escuchan proclamas muy dudosas en estos días, por ejemplo “que los sueños de la calle se conviertan en objetivos de gobierno”. Algunos llegan a describir eso que se llama “la calle” como si fuera un ser vivo, encarnación de la razón histórica o una nueva versión de la vanguardia de la sociedad que nos conducirá hacia el orden feliz.
El derecho a protestar, reclamar y levantar reivindicaciones es consubstancial a una sociedad abierta. Pero no hay necesidad de hacer mitología.

La calle es variable, contradictoria, caprichosa incluso. Los movimientos sociales van y vienen. La sociedad civil no es un desfile, ni una huelga ni una asamblea, aunque debemos defender el derecho a desfilar, a declarar la huelga y a reunirse en asamblea. Necesitamos oxigenar la democracia y favorecer la participación, pero no permitir que nos aturdan los gritos que, como es lógico, no permiten escuchar razones.
 
En los años que vienen, será esencial que protejamos la paz, la libertad y el derecho, que son la base de cualquier proyecto de progreso. No puede haber vacilaciones respecto de la condena de la violencia como método político.

Para progresar sobre bases sólidas, nuestro país necesitará grandes acuerdos. O sea, diálogo democrático, interacción entre el gobierno y el Congreso, y ciertamente disposición de las autoridades para escuchar a los diversos sectores de la sociedad civil, no sólo a los que desfilan.

Habrá que proteger la estabilidad y la gobernabilidad.

Esperemos que quienes van a ocupar responsabilidades en el gobierno y en el Congreso actúen con lucidez y coraje para asegurar un rumbo realista, que haga progresar de verdad a Chile. En esa perspectiva, será esencial la contribución de todos los sectores que abogan por una síntesis inteligente entre cambio y continuidad.

Deberemos batallar para que la prosperidad y la solidaridad vayan de la mano. Será necesario que quienes se inspiran en los principios del humanismo cristiano, como los humanistas de otras vertientes y todos los demócratas de convicciones firmes, contribuyan al esfuerzo por afianzar las libertades y humanizar la sociedad.

Muchas gracias.
 

 

 

 

 

 

 

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