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Gobernabilidad Democrática y Participación Social

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Gobernabilidad democrática y participación social


Autor:Sergio Fernández Aguayo

1.- Elementos del pensamiento político de Jacques Maritain

       En verdad creo que no podríamos abocarnos de inmediato al tema de la gobernabilidad democrática, sin previamente recordar algunos elementos del pensamiento político del filósofo cristiano que nos convoca.

       En las primeras décadas del siglo pasado Maritain rompió con una mezcla de integrismo y positivismo político que campeaba en las filas católicas francesas, a veces imitadas por sus epígonos latino americanos. De esa ruptura nace su toma de conciencia de la crisis de la civilización capitalista, liberal y burguesa que se generó después de la depresión de los años 30 y de los totalitarismos subsiguientes.

      La idea central de la perspectiva maritainiana es que el hombre es una persona, no un fragmento de la totalidad social, que la sociedad es para la persona y no las personas para la sociedad, y mucho menos para el Estado.

Frente a las tendencias que propugnaban la muerte tanto del cristianismo como de la democracia, Maritain veía claro que el cristianismo y la democracia estaban siendo unidos por la historia. Surge entonces su Humanismo Integral ( ) y luego profundiza su pensamiento con categorías más cercanas a la ciencia política contemporánea. Especialmente en El Hombre y el Estado (1951) retoma los valores de la modernidad política, da respaldo filosófico a la defensa de los derechos humanos, y refuerza el valor de la sociedad política, distinguiéndola del Estado y subrayando su papel instrumental y no absoluto.

 Para una sociedad al servicio de la persona, la idea de una democracia personalista y comunitaria es esencial, pues se trata de una democracia no solo política, sino económica y social.

La visión de Maritain pone en evidencia que el ser humano es más que un ciudadano, naturalmente mucho más que un consumidor. Por su fin último, la persona es trascendente a toda sociedad. Pero no puede encontrarse a sí misma sin subordinarse a la sociedad, pero ésta a su vez no consigue su finalidad sino en la medida que sirve al hombre.

       Ciertamente al centro de la teoría política de Maritain está en la sociedad política (el ‘cuerpo político’ decía el filósofo, la ‘sociedad civil’ quizás deberíamos decir hoy). El Estado es considerado como parte del cuerpo político y tiene carácter instrumental. La idea de persona se traduce en el campo político en “una sociedad de hombres libres”. Lo que supone una sociedad pluralista (tanto en lo religioso y cultural como en lo económico y social), y verdaderamente democrática (no una democracia meramente procedimental).
 
      Maritain, que venía saliendo de las trágicas experiencias del fascismo y el nazismo, insiste mucho en que el Estado no debe pasar a considerarse el todo, pasar a ser una suerte de “ente moral”, poseedor de derechos inalienables, anulando de esta forma los derechos de la persona y dificultando el logro del bien común, que es mucho más que la mera suma de los bienes individuales.

      Su pensamiento nos hace presente que la perversión del Estado todopoderoso no sólo se concreta en los regímenes totalitarios, sino también “durante el imperio de la democracia individualista y liberal”, donde el Estado despliega una tendencia a reemplazar al pueblo, dejándolo en cierta forma al margen de la vida política.

      Maritain reconocía el importante papel del Estado moderno, en cuanto que “su primer deber es imponer la justicia social”, pero advierte sobre su peligroso sobredimensionamiento, en aquellas sociedades cuyas estructuras básicas no alcanzan el nivel necesario respecto a la justicia. Él lo veía como un peligro transitorio. No podía percibir, en su época, la evolución posterior del combate social y sindical que modifica de alguna manera el capitalismo salvaje, para desembocar en los países desarrollados en un Estado de Bienestar, que hoy día vuelve a estar puesto a prueba.

       Tampoco el filósofo podía percibir, en su época, la realidad actual de un Estado nacional sobrepasado por los poderes superiores del capital trasnacional, y la fuerza incontrolada de un mercado mundializado. Aunque vislumbró esos fenómenos. Son los que nos toca a nosotros analizar, y que creemos pueden ser enfrentados a la luz del pensamiento maritainiano. Él estableció criterios, abrió perspectivas, fundamentó determinados valores que continúan siendo muy actuales.

      Algunos autores han observado una insuficiente atención del filósofo al problema del poder en cuanto tal, al poder del Estado, con respecto a la atención que manifestó Maritain por la política y por la sociedad. Una crítica quizás válida pero sólo en parte, ya que su visión del Estado como parte superior del cuerpo político está inserta en el cuadro de una correcta visión de
la democracia.Este

      Se trata de una concepción profundamente democrática de lo político; de allí que para el filósofo, “el primer axioma y precepto de una democracia es creer en el pueblo”. Maritain nos hizo comprender que la democracia necesita como su oxigeno vital una continua democratización de la sociedad.

2.- Una reflexión para generar nuevas pautas de acción

      Pero vamos al tiempo presente. Las vertiginosas transformaciones que están experimentando la sociedad y la economía, producen confusión e incertidumbre.
      El malestar de la política y el descrédito de la democracia demandan una mayor reflexión para generar nuevas pautas de acción.
      El concepto de gobernabilidad está vinculado a la relación entre política y sociedad. Los problemas de gobernabilidad en nuestros países parecen radicar en un cierto retraso de la política respecto al dinamismo de los cambios en la sociedad.

      Naturalmente no es lo mismo valorizar la democracia que lograr una gobernabilidad democrática. La demanda de democracia se ve crecientemente defraudada por falta de eficiencia y eficacia.

      La gobernabilidad debería ser entendida como un cierto estado de equilibrio dinámico entre demandas sociales y capacidad de respuesta gubernativa. Por lo demás, las instituciones democráticas están insertas en el conjunto de la vida social y su funcionamiento depende del modo en que funciona la misma sociedad.

      En países que son básicamente democráticos, hoy día se habla mucho dEstee “crisis de la política” pero en el fondo existe insatisfacción por la “calidad de la política”. Los procesos de modernización habitualmente han desencadenado tendencias centrífugas que los sistemas políticos no logran encauzar adecuadamente. Pero debemos reconocer que también es verdad que las mayorías ciudadanas no logran participar en la recreación de las instituciones democráticas.

       En los procesos de cambio social lo nuevo nunca desplaza completamente a lo viejo, incluso las revoluciones no hacen tabla rasa del pasado, que continúa siempre influyendo de una u otra manera, especialmente en cuanto a los patrones tradicionales de dominación.

      Entre las características tradicionales de nuestros países cabe destacar el papel sobresaliente del Estado; se dice a veces que el Estado ha creado nuestras sociedades. El Estado oligárquico decimonónico y luego el Estado de compromiso, están basados en la incorporación paulatina de las clases sociales emergentes. El Estado habría sido la instancia central de regulación y conducción de los procesos sociales. Pero actualmente el ciclo del “modelo estadocéntrico” parece agotado, ya que el proceso de modernización de las últimas décadas se ha apoyado -nos guste o no- más en el mercado que en el Estado.

      El “pueblo” como sujeto teórico de la democracia se despliega en una pluralidad de actores, que se multiplican y al mismo tiempo se debilitan. Se va creando una brecha casi inevitable entre representados y representantes políticos -principalmente parlamentarios- y se pone en entredicho el carácter representativo del régimen democrático existente.

      Se generan grandes flujos de información que parecen alimentar la vida social, pero el exceso de información no es sinónimo de reflexión y el diálogo social adquiere un carácter muy opaco.

      Lo político propiamente tal pierde su centralidad, en el sentido queEste deja de ser el núcleo que da vida y ordena al conjunto social.
     
      Ciertamente el proceso de globalización ha redimensionado el espacio humano y la política ya no puede operar exclusivamente en escala nacional. Más aún, lo nacional o local pierde importancia frente a los poderes trasnacionales.

      Las distancias se acortan para algunos sectores insertos en los flujos globales, pero las distancias sociales aumentan considerablemente al interior de cada país. Las fronteras nacionales se han hecho muy porosas y el postulado clásico de la soberanía nacional requiere redefinirse mejor. Pero también se observa un redimensionamiento del tiempo y la noción misma de futuro se diluye. Los análisis de coyuntura están a la orden del día, se hacen tiene una imagen del futuro, menos aun de un futuro por el cual valga la pena jugarse la vida.

3.- La construcción deliberada del futuro

      La política moderna debería ser entendida como el esfuerzo de construcción deliberada de un futuro. La gobernabilidad democrática va a depender mucho de la capacidad de la política para reconstruir horizontes de futuro.

       Las mismas estrategias de modernización han cambiado mucho. La “estrategia desarrollista” que hacía del Estado el motor del proceso, ha sido reemplazada por una “estrategia neoliberal” que toma al mercado como el principio constitutivo de la reorganización social. Se pretende una verdadera sociedad de mercado, donde los criterios propios de la racionalidad de mercado permeen todas las esferas, incluido el ámbito político.

       Actualmente la política ha de respetar las variables del equilibrio macroeconómico -lo que parece razonable- pero no debe dejarse condicionar demasiado por los criterios del mercado. Dicho en palabras más crudas, es un hecho que el criterio de la maximización de los beneficios privados presiona sobre la base normativa de la vida democrática, que es la orientación hacia el bien común.

      El reverso de mercado como fuerza integradora de la sociedad, es la “precarización” de la vida social. La competitividad del mercado moldea una nueva mentalidad de intercambio, donde todo es transable. El cálculo utilitarista de costo-beneficios da lugar a una nueva sociabilidad. La competencia sin tregua fomenta un individualismo negativo, creativo y ágil para desarrollar estrategias individualistas, pero muy reacio a todo compromiso colectivo: las ventajas obtenidas individualmente se pagan con la inseguridad generalizada de todos. Disminuye la cohesión social y aumenta la incertidumbre.

       La conclusión es muy evidente, el mercado por sí sólo no genera ni sustenta un orden social válido.

4.- La mercantilización de la sociedad

       En los hechos, la mercantilización de la sociedad ha obligado al Estado a ampliar su intervención creando nuevos instrumentos institucionales, entes reguladores y supervisores, comisiones antimonopolios, agencias de defensa del consumidor, fomento de las exportaciones, etc.

       En la práctica, el Estado se dota de un anillo de instituciones de derecho público que sin ser estatales, aseguren el fair play de una sociedad de mercado. Para algunos es un paso necesario, para otros resulta completamente insuficiente.

       El clima de incertidumbre es otro fenómeno que influye en la gobernabilidad democrática; al debilitarse las redes de seguridad quedan más expuestos los grupos sociales de menores recursos y las clases medias empobrecidas.

       Estas transformaciones estructurales han sido acompañadas por un proceso de privatización de las actitudes y conductas. La gente se retrotrae del espacio público y se vuelca al ámbito privado. Pero es la interacción entre ciudadanos en el ámbito público lo que da a la democracia su dinámica innovadora. Naturalmente la esfera pública no desaparece, pero cambia de forma; el mercado va adquiriendo un carácter público, o dicho de otra manera, los límites entre lo público y lo privado se diluyen.

       Otro problema complejo es la tendencia a la fragmentación social; al diluirse la noción de sociedad se diluye también el sentimiento de arraigo social, lo que debilita la ciudadanía.

       Quizás la ciudadanía se asiente en un espacio más local, bien acotado, pero se prescinde entonces de la dimensión nacional; mucho más aún del espacio mundial, donde en verdad se están dirimiendo los destinos colectivos. De allí que la necesidad del llamado “fortalecimiento de la sociedad civil” parezca muy perentorio.

      La ausencia de una visión global refuerza la defensa de intereses egoístas e inmediatos, y hace que la sociedad civil pierda su auténtico sentido. Si cada uno se afana como puede, es posible que subsista el régimen democrático, pero no una forma democrática de vida. Porque no puede haber gobernabilidad democrática sin cultura cívica. El riesgo es que la política se transforme en un subsistema autorreferido, que tienda a aislarse de su entorno social.

      Naturalmente es preciso también mencionar la “crisis de los partidosEste políticos”, cuyas prácticas y estrategias se van tornando obsoletas paulatinamente, en razón de las nuevas realidades.

      Dada la habitual premura y complejidad de la agenda pública, las decisiones recaen casi exclusivamente en el Poder Ejecutivo, y los partidos tienden a reducirse a simples máquinas de ratificación u obstrucción.
       Es que el ciudadano deja de interesarse por la “cosa pública” y prefiere gozar los éxitos privados (consumo) y/o replegarse a su “tribu” en medio de una sociedad cada vez más transformada por la tecnología.

       El ciudadano pasa a ser una especia de súbdito o cliente de una clase política inamovible o estancada, que deja a veces de considerar ciertos temas, que para la gente son muy importantes. Pero el ciudadano no quiere eso; quiere participar más plenamente, más de verdad. Los movimientos sociales pueden ser vistos como esfuerzos legítimos para incorporar nuevos intereses al debate público, para mover el muro que limita lo posible de lo imposible, e incorporar nuevos temas a la discusión.

       En Chile el último tiempo ha sido un período complejo para nuestro sistema institucional, que procura ser una democracia representativa. Las movilizaciones meramente estudiantiles pero luego ampliadas a un espectro social más amplio, pusieron en cuestión tanto la capacidad de reacción del gobierno, que debiera ser el mejor gestor del bien común, como la calidad de la política parlamentaria.

       La falta de iniciativa gubernamental oportuna hizo que la agenda política se trasladara a la calle y los dirigentes sociales experimentaron el vértigo de las grandes misiones. Pero en las calles se puede destacar un problema, pero no solucionarlo. Y cuando los movimientos sociales no encuentran cauce, se abre el camino a soluciones de fuerza.

       La democracia debe institucionalizar nuevos modos de inclusión social y participación, que permitan procesar los conflictos de una sociedad que hoy es más plural y está menos dispuesta a delegar la representación de sus intereses a los partidos políticos.

       La experiencia chilena llama a reflexionar sobre lo que llamábamos recién “el retraso de la política frente a los cambios sociales”; y convoca a recordar la inspiración del filósofo que nos enseñó a creer que el primer axioma de una democracia es creer en el pueblo, y que la misión de sus líderes es saber encausar la fuerza popular por caminos pacíficos pero participativos, hacia su libertad y desarrollo.

 

 

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