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Rodrigo Guerra 01 

 

Una meditación laical del teólogo Rodrigo Guerra López ante cinco preguntas dirigidas al Papa Francisco sobre «Amoris laetitia». Rodrigo Guerra López es Miembro del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, de la Academia Pontificia por la Vida y del Equipo de Reflexión Teológica del CELAM, y  visitará Chile en el mes de enero de 2017 invitado por la Universidad Miguel de Cervantes a intervenir en el Seminario Internacional Oswaldo Payá Sardinas que se organiza todos los años en esta fecha en Santiago de Chile.

 

La fe cristiana es un escándalo. Dios se ha hecho carne frágil y ha decidido que ese involucramiento con la vida de todo hombre y mujer y de cada hombre y mujer, permanezca dentro de la historia a través de la Iglesia. La Iglesia somos nosotros: frágiles, necios, limitados. Dios se ha sumergido en nuestra humanidad finita y torpe, y la humanidad de ustedes y mía, se ha sumergido en el tierno abrazo de ese mismo Dios. Desde ese momento, todo el camino cristiano está marcado por la pedagogía del seguimiento a una carne concreta, que me educa y me acompaña. No seguimos una idea, no seguimos un ideal de decencia, seguimos a una Persona viva y al modo cómo esta Persona ha decidido quedarse junto con nosotros, sin abandonarnos. La fácil tentación gnóstica así se evita: creyendo que el Amor de Dios se ha inclinado sobre nuestra vida, compadeciéndose de nuestra nada, reconstruyendo por dentro lo caído, lo aplastado, lo herido.

 

La fe se vuelve ideología cuando nuestra certeza sobre el escándalo cristiano se da por supuesta. Cuando no es preciso recomenzar. Cuando, sin darnos cuenta, concebimos a la fe como un territorio ya conquistado. Cuando estamos más ciertos de nosotros mismos que de aquel que se nos ha dado como lugar de verificación de nuestra experiencia.

 

En efecto, Jesús eligió a Pedro, un pobre pescador, para guiarnos. No era teólogo, no era erudito. Sabía de peces y de redes. No fue a pesar de su fragilidad y rudeza que se tornó roca para sostener a la Iglesia. Fue a través de ellas, que Dios mismo decidió educarnos y sorprendernos a todos.

 

¿Cómo creer en esto que rompe todos los esquemas? ¿Cómo creer que un Papa jesuita, latinoamericano, amigo de Rafael Tello, de Lucio Gera y de Methol Ferré, posee potestad plena, suprema y universal que puede ejercitar siempre con entera libertad?

 

Me parece, que esta certeza de fe se educa en la adhesión fiel a la compañía que se nos regala para vivir el misterio de la Iglesia: el obispo, el párroco, el fundador de la comunidad de discipulado en la que nos encontramos instalados, el hermano mayor que me aconseja y me cuida, etcétera.  Dios nos regala personas que fungen como un factor de verificación, como un camino para la adhesión de fe. A través del signo sensible de su amistad y compañía, mi corazón descubre que ser Iglesia nunca es una propuesta formal, abstracta o descarnada. Ser Iglesia siempre es vivir al interior de una compañía guiada, de una obediencia y una disponibilidad. Prescindir de la mediación sensible, desploma a la Iglesia como sacramento. Nuevamente, quisiera insistir: no seguimos ideas. Seguimos un acontecimiento viviente, actuante y carnal que permanece en la historia. Y aunque parezca increíble: este es un gran consuelo.

 

¿Qué puedo pensar yo, como fiel laico, pecador e ignorante, cuando veo a cuatro importantes cardenales de la Iglesia cuestionar al Papa sobre su Magisterio ordinario? ¿Cómo dirigirme a ellos arriesgando una meditación en voz alta? ¿Será suficiente escribir “queridos señores cardenales” para que se detengan un segundo a leer estas líneas?

 

La carta que los cardenales Burke, Caffarra, Brandmüller y Meisner han escrito a Francisco con cinco “dudas” sobre la doctrina expuesta en Amoris laetitia, ciertamente es cordial. Lamento que la hayan hecho pública tan pronto. Pareciera un acto de presión. Así mismo, declaraciones complementarias a ella la arropan con un tono de amenaza. El cardenal Burke afirma que si Francisco no responde a sus cuestionamientos, ellos están prestos a un “un acto formal de corrección” al sucesor de Pedro.

 

Me pregunto, con todo respeto, señores cardenales, ¿no se dan cuenta que sus cuestionamientos ahora públicos fortalecen directa e indirectamente a aquellos que desde hace años desconfían de Pablo VI, de Juan Pablo II, de Benedicto XVI y del Concilio Vaticano II? ¿No se dan cuenta que algunos de los sectores más asociados a fantásticas teorías de la conspiración, a conservadurismos ideológicos ajenos al evangelio y al moralismo – tan denunciado por el Papa Ratzinger – celebran su toma de posición? Tal vez no hay conciencia en ustedes de todo esto. Tal vez lo minimizan. Tal vez desean, simplemente, salir de “dudas” y se acercan al Papa con deseos de aprender y no de cuestionar su Magisterio.

 

Desde mi punto de vista, queridos cardenales, la enseñanza del Papa Francisco en «Amoris laetitia» es verdadera fidelidad creativa y desarrollo orgánico que explicita el depósito de la fe subrayando que toda verdad, para que brille en su atractivo, requiere ser afirmada con misericordia y con bondad. El silencio del Papa ante sus preguntas puede responder a dos cosas. La primera, a que ya están atendidas estas cuestiones tanto en «Amoris laetitia» como en las importantes homilías, mensajes y catequesis con las que Francisco ejerce su «munus docendi» día con día.

 

Ustedes preguntan «si es posible ahora conceder la absolución en el sacramento de la Penitencia y, en consecuencia, admitir a la Santa Eucaristía a una persona que, estando unida por un vínculo matrimonial válido, convive "more uxorio" con otra». Me parece que en algunas ocasiones se podrá y en algunas ocasiones no. Todo dependerá de si existe auténtico pecado mortal o si existen atenuantes que hagan de la falta un pecado aunque no de esta índole. “El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites”.

 

En segundo lugar, se preguntan si «sigue siendo válida la enseñanza de Juan Pablo II respecto a la existencia de normas morales absolutas, válidas sin excepción alguna, que prohíben acciones intrínsecamente malas». Queridos cardenales, la respuesta es “sí”, sigue siendo válida. Existen actos que en sí mismos, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Pero como Juan Pablo II recuerda «si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia» aún cuando no la supriman del todo.  

 

La tercera cuestión es «si después de “Amoris laetitia” n. 301, ¿es posible afirmar todavía que una persona que vive habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio se encuentra en situación objetiva de pecado grave habitual?». Aquí la respuesta amerita hacer algunas distinciones: una “situación de pecado grave habitual” se refiere a una conducta obstinada contraria objetivamente a la norma evangélica, por lo tanto, no hace alusión a la imputabilidad, sino a la naturaleza de la acción en sí misma considerada. “Pecado mortal” es aquella acción que involucra materia grave, pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Por ello, para que una acción objetivamente mala sea pecado mortal se requieren ciertas condiciones subjetivas que lo hagan imputable. La prohibición de acceder a la Eucaristía en situación de pecado grave descansa en la posibilidad afectar el orden de la comunidad, generar escándalo y situaciones parecidas, es decir, yace en una norma disciplinar, no doctrinal, que el Papa puede modificar. Por el contario, la imposibilidad de acceder a la Eucaristía en pecado mortal es de orden doctrinal, no meramente disciplinar. Por ello, ya no es posible afirmar que toda persona en situación de pecado grave por definición se encuentra cometiendo pecados mortales. Baste pensar en personas que viven en situaciones de esclavitud sexual y en las que evidentemente existe una situación de pecado grave (la prostitución) sin que por ello signifique que los actos que realizan son imputables a tal grado que puedan ser considerados con “pleno conocimiento” y “deliberado consentimiento” (ya que hay esclavitud). Al parecer los cardenales se aproximan a esto al reconocer que una persona en situación de vida objetiva de pecado “subjetivamente podría no ser plenamente imputable, o no serlo para nada”.

La cuarta pregunta que se le hace al Papa es «después de las afirmaciones de “Amoris laetitia” n. 302 sobre las “circunstancias que atenúan la responsabilidad moral”, ¿se debe considerar todavía válida la enseñanza de San Juan Pablo II, según la cual: “las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección”?». Así es. La circunstancia o la intención modifican sólo accidentalmente la especie moral de la acción. Pero ambas, son relevantes para la determinación de la imputabilidad. Por eso, el Papa Francisco está en lo correcto al afirmar «un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada».

 

La quinta pregunta versa sobre si «se debe considerar todavía válida la enseñanza de San Juan Pablo II, en la que excluye una interpretación creativa del papel de la conciencia y afirma que ésta nunca está autorizada para legitimar excepciones a las normas morales absolutas que prohíben acciones intrínsecamente malas por su objeto». Así es, «Amoris laetitia» no propone excepciones a las normas morales absolutas. Lo que existen son atenuantes que en algunos casos pueden hacer que el pecado cometido no sea imputable a un sujeto con las características necesarias para poder considerar su acción un pecado mortal.

 

Con lo antes escrito no se resuelve toda la cuestión. Estoy consciente que mis respuestas son muy breves. Quisiera finalizar anotando una segunda posible razón que pudiere explicar el silencio del Papa. En «Misericordia et misera», Francisco habla en varias ocasiones del “silencio”. Explicando el encuentro de Jesús con la mujer adúltera, señala que a quien quería «juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno».  ¿No será esta la razón del silencio del Papa? ¿No estará esperando que los hombres que le han jurado fidelidad a su persona reconsideren su posición y reingresen al camino pedagógico que al principio hemos señalado? Quiera Dios, que con diálogo y buena fe, con oración en común y abrazo sincero, todos podamos caminar junto al Sucesor de Pedro y junto a los obispos en comunión con él.  Así podremos dar testimonio vivo de que, más allá de algunas diferencias de sensibilidad, la comunión siempre es posible, si redescubrimos existencialmente la primacía del amor misericordioso de nuestro Dios, que a todos nos quiere y nos perdona siempre.

 

Artículo de opinión publicado en el periódico italiano "La Stampa" y que reproducimos integramente http://www.lastampa.it/2016/11/23/vaticaninsider/es/comentarios/queridos-cardenales-Zq4zS3VoH2REeXZO8YUc7O/pagina.html

 

 

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